La habitación silenciosa

Decían Pascal y Montaigne que “el objetivo de toda educación consiste en no tener miedo de permanecer sentado en una habitación silenciosa”. Es verdad: imaginémonos por un momento encerrados en una celda sin televisión, ordenador, teléfono móvil ni equipo de música. Enfrentados sin remedio a la tortura del aburrimiento, a la ausencia completa de estímulo, ¿nuestro yo no consistiría, para bien o para mal, sólo en aquello que hubiéramos aprendido?

Christian Friedrich Daniel Schubart

Christian Friedrich Daniel Schubart

Hay una tradición literaria poco considerada, pero significativamente abundante que ofrece múltiples testimonios de esta índole. Me refiero a las memorias de presidiarios, en su mayoría productos culturales surgidos precisamente de ese aburrimiento existencial que imponen las “habitaciones silenciosas”. Recordemos, por ejemplo, a Christian Friedrich Daniel Schubart, el frívolo poeta dieciochesco que en 1777 fue condenado a diez años de calabozo por arremeter contra la autoridad ducal. En su caso, el silencio de su indeseada “habitación” era verdaderamente aterrador: “La gente que me traía mi miserable pan y el agua de la cisterna tenía orden estricta de no dirigirme la palabra”, escribe en las memorias que dictaría años después. “Ni un libro, ni un piano, ni tinta, pluma, lápiz ni papel. Todo estaba mudo a mi alrededor, como la tumba en torno al difunto”.

Victor Klemperer

Victor Klemperer

Mucho después, en 1941, el profesor de origen judío Víctor Klemperer es obligado a pasar ocho días en una celda sin libros, lápiz, papel ni lentes. Su delito: haberse olvidado de oscurecer con cartones la ventana de su casa de Dresde a fin de volverla invisible por la noche a los bombarderos aliados.

Tanto Schubart como Klemperer se vieron obligados a enfrentarse a su existencia desnuda. “El aburrimiento fue el primer azote que percibí de forma penetrante”, dice Schu- bart, mientras Klemperer recuerda: “La única tortura real, la que ya no podía anestesiarse y que crecía por momentos, consistía en la completa carencia de toda ocupación, en el espantoso vacío e inmovilidad de aquellas 192 horas”.

El primer paso que emprenden probablemente obedezca a un impulso atávico del ser humano: medir y explorar su territorio. Schubart dice contar “mis pasos, mi pulso, todas las grietas y rendijas de la bóveda del calabozo, los hilos de la manta con la que me cubría”. Klemperer opta por recorrer una y otra vez la celda con sus pasos. Tras este proceso de familiarización, se imponen las socializaciones imaginarias: “No mataba nada que se moviera en mi calabozo”, afirma Schubart; “el tejer de las arañas, sus impulsos de caza me distraían durante horas”. Klemperer, por su parte, agradece los ataques nocturnos de las chinches, a las que compara, por cierto, con la policía nazi por su capacidad para torturar con discreción. Como tercera etapa en la supervivencia psicológica surge la reflexión sobre el misterio religioso, la búsqueda de Dios como acompañante. En este sentido Schubart, nacido antes de la secularización, lo tiene más fácil: La angustia de la cárcel le lleva a reconciliarse con la Iglesia y a experimentar un renacimiento pietista, que describe con gozosa fruición. Klemperer, en cambio, reconoce que “si ahora ‘entrara en mí’ o ‘buscara a Dios’, como le corresponde a un relato de presidio a la antigua usanza, estaría interpretando un papel cómico ante mí mismo o sentiría que se me han reblandecido los sesos”.

La reflexión religiosa –cultura al fin y al cabo– contribuye a auxiliar a estos desafortunados presos del yo, pero el impulso cultural por excelencia, el deseo de permanencia a través de la creación, surgirá después: Klemperer consigue hacerse con un lápiz gracias a un celador compasivo. “Mi primera anotación, más larga y patética que todas las que siguieron, rezaba: Agarrado de mi lápiz trepé del infierno de mis últimos cuatro días hasta regresar a la Tierra”. Lo que Klemperer escribió con ese lápiz, el relato pormenorizado de su cautiverio, constituye el pasaje más conmovedor de sus fascinantes Diarios. También Schubart compuso, de memoria, sus mejores poemas en prisión (entre ellos La trucha, posteriormente inmortalizado por Schubert).

Encerrados en la cárcel de nuestro yo, un lápiz y todo lo que sepamos hacer con él puede convertirse en el único salvavidas contra el miedo a permanecer sentados en una habitación silenciosa, sin más compañía que nosotros mismos. Por otro lado, es verdad que nuestro ruidoso mundo apenas cuenta ya con “habitaciones silenciosas”, por lo que entrar en una de ellas, incluso voluntariamente, se vuelve cada día más difícil. Y ahí estamos otra vez: ¿Para qué, pues, la cultura, cuando ya no hay aburrimiento del que protegerse?

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