La autoejecución de un capitán francés

El militar y aventurero Johann Conrad Friedrich, también llamado “el Casanova alemán”, y autor de unas fascinantes, pero inencontrables memorias tituladas Cuarenta años de la vida de un muerto (1848-49), cuenta en ellas la siguiente historia:

El capitán de un regimiento de las tropas napoleónicas, con fama de valiente y buen soldado, convocó a su compañía a hacer ejercicios de tiro al plato en una plaza habilitada al efecto. Pero antes de que empezaran los ejercicios, ordenó a sus hombres que formaran un corro en torno a él y, en un dramático discurso, les inculcó que el primer y más sagrado deber de un soldado es la obediencia incondicional hacia sus superiores: no importa lo que éstos ordenen, pues después de todo el peso de la responsabilidad recae únicamente sobre ellos.

Tras esta alocución, ordenó a sus hombres que se pusieran nuevamente en fila y cargaran armas, realizando después diversas maniobras de rutina. En un momento dado se colocó frente a ellos y, de un solo aliento, les espetó: “Apprêtez-armes, joue-feu!”. Inmediatamente después, su cuerpo cayó exánime al suelo. Dos terceras partes de sus hombres habían disparado. Sólo la tercera parte restante había tenido suficientes reflejos y conciencia para detenerse a tiempo y no pulsar el gatillo.

pelotón fusilamiento

Ante el pelotón de fusilamiento

La historia de este capitán causó sensación y se difundió rápidamente por la prensa de los países enemigos de Napoleón, en especial en la inglesa. En Francia, en cambio, lo impidió la censura, aunque el boca en boca demostró una vez más su eficacia.

Muchos de los soldados que habían disparado contra su capitán lamentaron inmediatamente su acción, aunque alegaron no haber tenido tiempo para reflexionar: el impulso de obedecer a la orden fue más rápido (y más fácil) que su pensamiento. Con el tiempo se supo que el capitán había decidido autoejecutarse de este modo porque la Orden de la Legión de Honor que esperaba obtener desde hacía tiempo le había sido concedida a su rival. “Resulta difícil creer –observa Johann Conrad Friedrich– que sea posible que una cosa tan miserable como ésta, el juguete de una cintita con una crucecilla, haya podido inducir a una persona sensata a cometer una estupidez semejante”. Tanto más, añadiríamos nosotros, cuanto que lo que el capitán también empleó a modo de juguete fueron la conciencia y la lealtad de todos sus hombres.

Conrad Friedrich todavía no dispone de una expresión certera para referirse al nudo de esta anécdota, pero nosotros sí: se llama Ley de Obediencia Debida, una expresión que obtuvo triste popularidad en los ochenta en relación a los crímenes de la dictadura argentina y que se mantuvo vigente como eximente legal incontestable hasta que el Tribunal Militar Internacional la cuestionó como tal en el proceso de Núremberg.

¿Qué cree que habría hecho usted? ¿Dispararía?

Aquellos hombres grises

Aquellos hombres grises

Quizá sí. Después de todo, el desesperado capitán no puso en peligro de muerte a nadie más que a sí mismo, y lo hizo por propia voluntad. Pero no deja de sorprenderme que una tercera parte del pelotón lograra inhibir su impulso y tener en cuenta a tiempo que el cumplimiento reflejo de aquella orden derivaba en un acto ilícito. Ciento cincuenta años después la proporción habría sido notablemente diferente. Según demostró Christopher Browning, la gran mayoría de Aquellos hombres grises de la unidad de policía de reserva 101, hombres corrientes sin disciplina militar, dispararon sin vacilar cuando recibieron la orden de matar a los civiles judíos que no cupieran en el tren de evacuación. Y eso a pesar de que, esta vez, el comandante de la unidad no sólo no les dirigió previamente un discurso sobre su deber de obediencia, sino que incluso les dio la opción de negarse a cumplir la orden.

4 thoughts on “La autoejecución de un capitán francés

  1. Elisa V

    Felicitaciones a la autora del blog por incitarnos a reflexionar, todas las historias son muy instructivas.
    No me sorprende la historia que cuenta el Sr.Friedrich.La respuesta más habitual a la pregunta “¿hubiera hecho usted lo mismo?” es Sí. Se necesita una autoconciencia,libertad de espíritu y capacidad de discernir el bien del mal muy marcadas para no cumplir una orden injusta.Es muy conocido el estudio que hizo el psicólogo Stanley Milgram con universitarios, en el que unos estudiantes apretaban un dipositivo que producía descargas eléctricas si otros estudiantes fallaban unas preguntas,todo siguiendo las instrucciones ¿órdenes? del experimentador.Un porcentaje altísimo,creo que el 80%,era consciente de que la supuesta descarga eléctrica producía un intenso dolor,pero todos cumplían la orden dada por su profe,revestido de la “autoridad” del científico. Si esto se hace en un experimento universitario,¿qué no se hará en un ambiente de crisis,guerra, violencia…?
    A la gente en general le gusta que otro le diga cómo debe comportarse o qué hacer,de ahí el éxito,en nuestro avanzado siglo XXI, de religiones,supersticiones,horóscopos,todo lo que sea no pensar uno mismo, sino seguir la línea de pensamiento marcada por otros.La actitud realmente “humana”,si entendemos por “humano”, libre, es precisamente el tercio que no dispara,porque tiene la suficiente inteligencia,libre voluntad y capacidad de discernimiento.¿O sería sólo desconcierto,despiste o torpeza en entender la orden?

  2. Johann Conrad Friedrich

    Ya tengo mono de nuevo post. Como si la autora se hubiera ido de vacaciones… y nos ha dejado sin lectura semanal.

  3.  

    Lamento el retraso en mi nueva entrada, pero he estado unos días de viaje… A partir de ahora espero poder mantener el ritmo de entrada semanal. En cualquier caso, ¡gracias por seguirme tan intensamente!

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