Las Napolas y el trampolín

Napola Naumburg

Napola Naumburg

Hace un par de años leí una recopilación de testimonios, a cargo de Johannes Leeb, de veinte antiguos alumnos de las Napolas nazis (abreviatura de Nationalpolitische Lehranstalt, Centro de Instrucción Político-Nacional), los centros de enseñanza que, en un estricto régimen de internado, pretendían configurar intelectualmente a las futuras élites del Tercer Reich. Al final del libro aparece una introducción general sobre las Napola a cargo de la prestigiosa historiadora Elke Fröhlich, a la que en Alemania se conoce sobre todo por su meticulosa edición de los interminables Diarios de Goebbels. El comentario del editor al artículo de Fröhlich me llamó poderosamente la atención, pues hasta cierto punto era como un ataque a la validez del libro en su conjunto:

La Dra. Elke Fröhlich hace constar que su aportación no hace referencia a los testimonios contenidos en este libro y que ha sido escrita sin el conocimiento de éstos. Además, para la exploración histórico-científica de la antigua tipología de la escuela de élite nacionalsocialista, estos recuerdos tardíos y subjetivos tienen un valor subordinado como fuente.

Entonces, los testimonios que estos veinte venerables ancianos proporcionaban sobre su infancia y juventud en las escuelas de élite del Tercer Reich, ¿no valen como fuente? Qué distinta la apreciación de Martin Doerry, redactor-jefe de la revista Der Spiegel, cuando se decidió a escribir un libro de entrevistas con supervivientes de Auschwitz:

¿Quién, si no el superviviente, puede contar todavía de forma auténtica y sin ataque posible, cómo han sido realmente las cosas? […] ¿Quién, sino el testigo, será capaz de convencer incluso a los que dudan y a los que hace tiempo que desconfían de lo que transmiten los medios de comunicación?

Nos encontramos ante dos posiciones extremas de un viejo debate: memoria versus historia. La memoria, ya se sabe, es falible y subjetiva, y no siempre lo que dicen los recuerdos se ve refrendado por la información objetiva que contienen los archivos, hasta el punto de que algunos historiadores rechazan de pleno los testimonios personales como fuente de investigación.

Sin embargo, hay ocasiones en que la memoria miente sin dejar de ser veraz. A veces incluso cabe preguntarse si, una vez identificadas, las mentiras a las que nos somete la memoria no constituyen por sí mismas una fuente histórica digna de ser interpretada. Quizá entiendan a qué me refiero con un ejemplo extraído precisamente del libro de Leeb.

En él, varios de los testimonios recuerdan las pruebas de acceso a las que eran sometidos los jovencísimos candidatos que soñaban con formar un día parte de la élite del Reich. Además de un examen médico y de “idoneidad racial”, así como de los consabidos exámenes tanto teóricos como de habilidad deportiva, los muchachos debían pasar por las llamadas “pruebas de valor”. El ex-alumno Hardy Krüger recuerda que ésta únicamente consistía en “saltar al agua desde un trampolín de diez metros”. Otro ex-alumno, Leopold Chalupa, reduce la altura del trampolín:

El miedo que sentí al principio ante la prueba de acceso –de una semana de duración y que incluía una prueba de valor, no muy difícil para mí, consistente en saltar a la piscina desde el trampolín de tres metros– se convirtió en el orgullo de haber alcanzado algo.

Entonces, ¿un trampolín de diez metros o de tres? Obviamente, al menos a uno de los dos le falla la memoria. (Los documentos históricos nos permiten saber que era de tres). Sea como fuere, como prueba de valor para el acceso a una escuela de élite nazi el ejercicio no parece gran cosa, sobre todo si se tiene en cuenta la dureza que se aplicaba por entonces en tantos otros ámbitos. Pero veamos todavía otro testimonio recogido por Leeb, el de Harald Ofner:

El punto culminante de la semana de pruebas era el salto al agua desde el trampolín de cinco metros. Incluso años después, para nosotros, los veteranos, siempre era una diversión ver cómo los candidatos subían al trampolín. Algunos sólo se atrevían a dar el paso decisivo hacia delante con los ojos cerrados. Otros se detenían temblando en el último momento. Después los sacaban del agua con unos palos muy largos.

Ahora sí: poco a poco, la inocua prueba empieza a adquirir un aire siniestro. El miedo de los candidatos es fuente de diversión para la élite de los aceptados. A éstos se les autoriza, probablemente incluso se les anima, a reírse de los más jóvenes o inferiores, creando así una auténtica puesta en escena del propugnado darwinismo social. Pero sumémosle todavía un testimonio más, el del conde Nayhauss-Cormons:

Se le atribuía un especial valor a las pruebas deportivas, en especial a una prueba de valor: los que no sabían nadar tenían que saltar al agua desde un trampolín de tres metros (de donde luego eran sacados por otros escolares mayores). Los nadadores, en cambio, tenían que saltar a un paño de salvamento desde un segundo piso.

¿Cómo pudieron olvidar los testimonios anteriores el detalle fundamental de que el salto de trampolín estaba reservado únicamente a quienes no sabían nadar? Ahora, por fin, podemos imaginarnos el terror que sentirían muchos de estos niños sobre la superficie inestable del trampolín frente el cuadrado azul de agua que se cernía amenazador al menos tres metros por debajo de su cuerpo.
Era, pues, una prueba de valor digna del nazismo, como también lo era para los que sí sabían nadar cuando se les obligaba a saltar a un paño desde un segundo piso.

Krüger, Chalupa y Ofner no mienten en su testimonio: efectivamente, una de las pruebas principales de valor era el salto de trampolín, al menos en las Napolas que contaban con piscina. Pero los tres recordaban su estancia en la escuela de élite nazi como un período feliz y probablemente el afán por mantener intacto ese recuerdo les llevó a borrar de su memoria los aspectos siniestros que manchaban esa felicidad. Quizá los tres sintieron miedo cuando tuvieron que saltar del trampolín, pero ese miedo se convirtió en orgullo después de haber pasado la prueba y querían conservar intacto ese sentimiento. Por otro lado, puede que la vergüenza posterior al recordar de qué modo se rieron del miedo de los otros contribuyera a censurar el recuerdo, dejando únicamente el inocuo germen principal: que había que saltar de un trampolín.

También el conde Nayhauss-Cormons guarda un recuerdo feliz de sus años en la Napola de Spandau. Sin embargo, unos años después supo que su padre había sido brutalmente asesinado por la Gestapo. Puede que ese trauma mantuviera vivo el espíritu crítico hacia el régimen de Hitler desde su juventud e impidiera que, en el transcurso de las décadas, su memoria pasara por un proceso equivalente de depuración.

Los documentos nos dicen que otras pruebas de acceso en las Napolas consistían en montar un caballo a pelo, sin más agarre que las crines. O en ponerse de pie y dejarse caer boca abajo al suelo ante los examinadores, empleando las manos para parar el golpe sólo en el último instante. O en deslizarse por una cuerda por encima de la superficie de un lago helado, en el que se habían cavado un par de agujeros para que, en caso de caer, el cuerpo incidiera en el agua y no en la pétrea superficie.

8 thoughts on “Las Napolas y el trampolín

  1. Leyendo tu post, he recordado la película de Volker Schlöndorff, El Ogro, interpretada por Malkovich.

    La película era, creo recordar, un tanto irregular pero reflejaba con gran detalle el ambiente de la Napola del Castillo de Kaltenborn, donde cientos de jovenes alemanes se forman para ser la futura élite del III Reich.

  2. No he visto esta película, pero sé que está basada en la excelente novela “el rey de los Alisos” de Michel Tournier, que a su vez se inspira en uno de los más maravillosos poemas de Goethe, “Der Erlkönig”. Quizá en otro post hable de esa conexión… En cualquier caso, ¡muchas gracias por el oportuno dato!

  3. Anonymous

    Bien. No tengo blog, pero sí sus libros y sus traducciones, que suelen ser sinónimo de trabajo bien hecho y de lectura en calma. Gracias por las dos cosas (y otras más).

  4. elisa vilache

    Estimada Rosa,también hay un fantástico Lied de Schubert basado en el poema de Goethe,pero así como en el estupendo libro de Tournier creo que subyace cierta pederastia ,en cambio no la encuentro en el poema,aunque también es terrorífico.Perdón,me he desviado del tema de las Napola.¿Había que pasar por ellas necesariamente para pertenecer a la élite de las SS?¿dependían del ministerio de Educación,de defensa, de interior,o iban por libre?

  5. ¡Hola, Elisa!
    Lo de la pederastia en el poema de Goethe no es del todo descabellado, aunque, efectivamente, no se reconozca en la lectura del poema. La balada parece estar inspirada en las cabalgadas nocturnas que Goethe daba a veces con un muchacho adolescente, Fritz von Stein, hijo de su amante platónica Charlotte von Stein. Aunque Goethe no fue, que se sepa, aficionado a los efebos, parece que proyectó líricamente en el muchacho el amor erótico insatisfecho que sentía por Charlotte. Aunque es sólo una teoría, me parece muy sugerente. Quizá otro día hable aquí del “Rey de los Elfos”…
    En cuanto a las Napolas, no estaban pensadas para formar a las SS, sino sobre todo a las élites intelectuales y políticas del Reich: altos funcionarios, etc. Dependían del Ministerio de Educación (Bernhard Rust).
    Un cordial saludo,
    Rosa

  6. Anonymous

    Las pruebas de valor, tipo salto de trampolín al agua, o caer al suelo apoyandose en las manos son entrenamientos típicos de una academia militar. Ún familiar en la academia de Talarn me contaba como se lanzaban al agua, incluso sin saber nadar como prueba inicial. Que la propaganda no os tape el bosque.

  7. Estimado anónimo:

    Puede que este tipo de pruebas sean convenientes en una academia militar, en la que se trata de instruir a futuros soldados para la supervivencia en situaciones extremas. Pero las Napolas no eran academias militares, sino que pretendían formar a futuras élites políticas e intelectuales. En ese contexto no les veo ningún sentido a esas pruebas, salvo el de instruir a esas mismas élites en la crueldad.

  8. Hace unos años se estrenó una película titulada simplemente: Napola. Adjunto el enlace al trailer aunque hay también disponible una versión completa en youtube

    http://youtu.be/NbMQwfNA-qY

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