Bruno Manz y la conspiración judía

Sobre la Segunda Guerra Mundial y el Tercer Reich hay verdaderas montañas de testimonios autobiográficos. En el ámbito alemán abundaron durante un tiempo las memorias de antiguos generales o soldados empeñados en contar sus penalidades y proezas desde una perspectiva heroica. Muchos de estos autores estaban perfectamente dispuestos a aceptar que Hitler fue un tirano que arrastró a Alemania al desastre, pero no a renunciar al orgullo, que consideraban legítimo, sobre sus hazañas en la guerra. Renunciar a este sentimiento habría supuesto aceptar la terrible absurdidad de las penalidades por las que habían pasado. ¿No es un precio demasiado alto para quienes se habían dejado lo mejor de la juventud en el campo de batalla? Después de todo, nuestra psique nos exige que seamos capaces de dotar de un sentido a nuestro sufrimiento, incluso a costa de inventarlo.

'A Mind in Prison', editorial Brassey (Virginia, 2000)

Con el advenimiento del mayo de 1968, la mentalidad europea experimentó un punto de inflexión que puso fin a esta actitud. A partir de entonces, los testimonios heroicos de ese tipo ya sólo podían ser autoeditados o aparecer en pequeñas editoriales de filiación política más que sospechosa. El discurso heroico fue convirtiéndose paulatinamente en una actitud rancia y reaccionaria, impropia de los nuevos tiempos. A cambio, proliferaron y se difundieron más que nunca los testimonios de las víctimas, un auténtico género literario con reglas propias que hasta entonces había pasado relativamente desapercibido. Llegó a surgir incluso un nuevo anhelo de ser víctima que fue sustituyendo al viejo orgullo de ser héroe: en algunos casos extremos aparecieron impostores que describían con todo lujo de detalles supervivencias concentracionarias que ellos jamás habían experimentado. Volveré sobre ello en alguna futura entrada.

Pero la clase de testimonio que siempre ha brillado elocuentemente por su ausencia es el del nazi arrepentido, a pesar de que no resulta exagerado afirmar que la población alemana de 1945 se componía en gran medida de ellos. Los motivos de esta ausencia caen por su peso y sin duda están relacionados con un sentimiento inconfeso de vergüenza. Sin embargo, es una lástima que apenas contemos con testimonios directos del universo mental de alguien que se reconozca profundamente convencido de la veracidad de la cosmovisión nazi. Tanto más inesperado resulta que uno de los más valiosos testimonios de este tipo no sólo apenas aparezca citado en las interminables listas bibliográficas de la literatura sobre el nazismo, sino que ni siquiera cuente todavía con una traducción al alemán o al castellano. Me refiero a A Mind in Prison, las extraordinarias memorias que el físico de origen alemán Bruno Manz publicó en inglés en el 2000.

El soldado Bruno Manz en 1940

El soldado Bruno Manz en 1940

Como sugiere el título, la mente de Manz quedó aprisionada por el aparato ideológico y propagandístico del Tercer Reich, pero también por convicciones firmemente defendidas en su entorno familiar. Su padre era un nazi convencido de primera hora, y el amor que el niño Manz sentía por él facilitó la inoculación de su veneno ideológico. Las Juventudes Hitlerianas lo tuvieron fácil para hacer el resto. Más adelante, el apuesto soldado Manz acabó convertido en un entusiasta profesor que se encargaba, entre otras cosas, de adoctrinar a los soldados de la Wehrmacht en la ideología nazi.

Bruno Manz en 1988

Bruno Manz en 1988

 

Según parece, Manz tuvo la suerte de no verse directamente involucrado en delitos de sangre; sin embargo, fue sin lugar a dudas un criminal ideológico, una verdad sobre sí mismo que acabó aceptando con toda su dureza. El libro también describe con inusual honestidad el turbador proceso de liberación ideológica al que tuvo que enfrentarse después de 1945. Entre otras cosas, y aunque le costó meses, acabó viéndose obligado a aceptar que los campos de exterminio no eran una mera invención de la propaganda aliada. Liberado al fin de su prisión mental, en 1957 Manz emigró a Estados Unidos y se acomodó en unas tierras antaño consideradas hostiles, llegando a adoptar la nacionalidad americana. Irónicamente, trabajó como físico en el programa de desarrollo de misiles del ejército de su nuevo país.

Cuenta Manz que, como en tantos otros hogares alemanes, en la entrada de su casa de Dortmund había una especie de altar doméstico. En el centro figuraba la bandera nazi; en la parte superior, un retrato de Hitler, y a los lados sendas imágenes de Goebbels y Göring. ¿Hay mejor prueba de hasta qué punto el nacionalsocialismo fue una auténtica religión política? Pues bien, escuchemos ahora el valioso testimonio de Manz:

altar doméstico naziLa imagen que representaba al Führer era una fotografía de perfil de poca calidad técnica que mi padre había comprado en el cuartel general nazi. Desde el principio mi padre estaba disgustado con esta foto, pero la puso en el altar a la espera de otra mejor. Lo más irritante era el pelo enmarañado de Hitler, que estaba lleno de misteriosas manchitas que parecían bastante antinaturales y creaban la impresión de que la foto había sido salpicada. […] Aparentemente, la propaganda de Goebbels también estaba descontenta con la fotografía de Hitler, pues repentinamente ordenó que la foto fuera retirada de todas las tiendas y vitrinas. Pero no dio ninguna explicación, y fue entonces cuando los rumores se iniciaron. Según se decía, el Stürmer había iniciado una investigación, pero las conclusiones a las que había llegado eran de naturaleza tan delicada que no habría sido prudente imprimirlos. Tan sólo podían transmitirlos de boca en boca, y eso únicamente a personas de su mayor confianza. Fue así como acabamos conociendo la “verdad”: La patética fotografía de Hitler era una siniestra fabricación de los judíos. Con gran habilidad técnica, habían entretejido toda clase de rostros judíos en el cabello enmarañado de Hitler, a fin de hacerle notar que seguían siendo ellos los que controlaban la situación. ¡Ahora se nos habían abierto los ojos! Al darle la vuelta a la foto y verla desde distintos ángulos, “veíamos” toda una serie de caricaturas judías riéndose y burlándose en nuestra cara.

Estaba atónito. No estoy seguro de si mi padre se tomó el asunto tan en serio como yo, pero fue él quien indagó más profundamente en aquel siniestro complot. Cuando la conmoción ya había empezando a remitir, nos sorprendió durante la cena con una imagen que me produjo un escalofrío. Al poner la foto de Hitler al revés, me demostró que su oreja se convertía en una nariz judía, su mandíbula inferior en una frente calva, una mecha de pelo se transformaba en labios hinchados, etc. Ahora estaba verdaderamente aterrorizado. Si los judíos podían penetrar en el santuario más íntimo del Partido Nazi, ¿quedaría algo que no fueran capaces de hacer?

La súbita retirada de la foto de Hitler que tanto impacto causó en la población alemana obedece sin duda a medidas de control de imagen del Ministerio de Propaganda. El comercio con laos retratos del Führer se convirtió pronto en un gran negocio, por lo que proliferaban imágenes de pésima calidad, algo que se pretendía evitar a toda costa. Además, el fotógrafo personal de Hitler, Heinrich Hoffmann, poseía la exclusiva de la reproducción fotográfica del dictador. Cualquiera de estas razones explica sobradamente la confiscación de la imagen aludida por Manz, sin necesidad de recurrir a una teoría de la conspiración.

Pero en la moderna civilización occidental las teorías conspirativas siempre han tenido un gran predicamento. Reconozco que siempre me ha fascinado la extraordinaria eficacia con la que funciona su mecanismo argumentativo. Mediante la construcción de falsas cadenas causales, una teoría conspirativa nos permite revestir de razón lo que en realidad no es sino un prejuicio, un temor, un odio irracional o una mera sospecha. Sentimientos que, si los mostráramos en toda su desnuda irracionalidad y primitivismo, nos causarían vergüenza. Pero gracias a las teorías conspirativas, podemos arrogarnos una actitud racional y un escrutinio lógico; incluso nos sentimos orgullosos de nuestra inteligencia superior, pues ¿acaso no hemos sido nosotros los que hemos sabido ver las muecas judías en la imagen, mientras el ignorante resto de los mortales continúa viendo en ellas meras manchas formadas por azar?

Raros y valiosos testimonios como estos, aunque anecdóticos, nos permiten echar un vistazo a los mecanismos cerebrales del horror. Lo que importa no es tanto conocer las trágicas consecuencias de la barbarie, sino los simples y eficaces mecanismos mentales que, en un momento dado, pueden hacer de nosotros un bárbaro. En este sentido, Manz nos ha proporcionado un testimonio impagable.

9 thoughts on “Bruno Manz y la conspiración judía

  1. Vive l’Empereur!

    ¡Bienvenido/a lector/a! Esta aventura por recorrer el Mundo de la mano del Emperador Napoleón Bonaparte (1769-1821) nació el 30 de Abril 2009, día en el que además, Napoleón vendió Luisiana a los Estados Unidos por 80 millones de francos.

    http://vivelempereur.blogspot.com/

  2. excelente post. Un cordial saludo.

    Francisco
    Tenerife

  3. Desde luego, incita a leerlo ¿hay alguna traducción española, por cierto?

  4. Pues no, Damián, no hay traducción española. Ni siquiera alemana, que casi me parece más grave. Quizá algún editor se anime al leer este post.
    Un cordial saludo,
    Rosa

  5. A mi también me asombra como cualquier teoría conspirativa es rapidamente aceptada por gente que, en otros aspectos, parece racional.
    Reconozco que a mi también me encantan… pero no me las tomo en serio, sino que las veo como una muestra del ingenio popular para crear mitos verosímiles.
    He observado que a los niños les pasa lo mismo. Frente a situaciones ambiguas o extrañas tienden a inventar hipótesis no exentas de gracia y coherencia.
    Ya que no podemos erradicarlas… por lo menos podemos reírnos con ellas. Eso sí, a condición de que no se las crea la mayoría política, porque entonces estamos aviados 🙁

  6. A mí también me divierten las teorías conspirativas… sobre el papel. Cuando salen a relucir en una cena con amigos y alguien te tacha de ignorante por no darte cuenta de “lo evidente”, es decir, que los atentados del 11 de septiembre fueron un montaje del gobierno americano para justificar la entrada en Iraq o cosas por el estilo, pueden llegar a ser muy enojosas. Pero me fascina su estructura psicológica. Encubren miedos y proyecciones totalmente irracionales con una falsa estructura lógica que hace que quien crea en ellas se sienta superior a los demás, más listo, más informado… Creo que ciertos perfiles son especialmente propensos a caer en ellas. En general, las considero altamente peligrosas y una herramienta extraordinaria para la manipulación. Como tú dices, Carolus, mal iremos si se las acaba creyendo la mayoría política.

  7. El problema de las teorias conspirativas es que son autoinmunes:
    – “y cómo es que no hay pruebas físicas o documentales de NADA de lo que me estás contando?” pregunta uno, con auténtico interés en llevar el debate a un ámbito racional (para así cargarse semejante chorrada con argumentos)
    – “estás tonto, o qué? ‘ELLOS’ saben como eliminar las pruebas, pueden sobornar a todo el mundo, esparcir drogas en la atmósfera para que la gente olvide, etc, etc,”
    Ufs.

  8. Gracias por su comentario, Hans. Le agradezco la oportuna denominación de “autoinmune”, que aplicada a las teorías conspirativas me parece de lo más acertada.
    ¡Esta terrible arrogancia de los conspiracionistas! Yo soy de natural pacífico y dócil, pero me levanto de cualquier mesa en la que haya un conspiracionista en acción. No puedo soportarlos y discutir con ellos es totalmente inútil. Ufs, en efecto!

  9. benjamingrullo

    “revestir de razón un prejuicio, un temor, un odio irracional o una mera sospecha…” ¿o un instinto de pertenencia? ¿Hay en algo en que no lo hagamos? ¿Somos racionales o racionalizadores? A saber.

    Buscaré el libro. Impresionante el párrafo que entresaca, propio de una película de terror. No se me ocurre cómo se puede visualizar mejor el fanatismo inducido.

    Me interesan los arrepentidos que saben explicar qué les nazificó y qué y cómo se desnazificaron. Hay un libro terrible de Robert Lifton “Thought reform and the psychology of totalism” (su concepto totalismo también es fantástico) en el que narra experiencias de personas que padecieron control mental colectivo durante la revolución cultural china y su resistencia a salir del bucle mental implantado. Terrible.

    Magnífico texto, muchas gracias.

    *Me ha sorprendido, creo que para mal, lo de “criminal ideológico”. Recuerda a Minority Report.

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