Las masas y las necesidades del cuerpo

Seguro que todos ustedes reconocen de inmediato las siguientes imágenes:

En efecto: son fotogramas de una obra maestra de la propaganda política llevada al cine: El triunfo de la voluntad (1935) de Leni Riefenstahl. En ellas, de un modo que todavía hoy resulta sobrecogedor, vemos a miles de seres humanos petrificados, convertidos en masa, instrumentalizados como parte de un bonito y vacío diseño geométrico. Convertidos en lo que Elias Canetti definió en Masa y poder como una “masa cerrada”:

La masa cerrada busca establecerse, creando su propio espacio al limitarse; el espacio que va a llenar le es asignado. Es comparable a un recipiente en el que se vierte líquido y cuya capacidad se conoce de antemano. Los accesos a este espacio están contados y no se puede entrar en él de cualquier manera.

A los nazis les gustaba imaginar a los comunistas, en cambio, como una “masa abierta”, caótica, irregular y con la amenaza implícita de un crecimiento irrefrenable. Así solían mostrar a los comunistas en su cine. Frente al caos bolchevique, el nazismo proponía el orden cerrado de las masas domesticadas.

Portada del Libro: Antoni Graf Sobanski, nachrichten aus berlin

Portada: Nachrichten aus berlin

La fascinación que sentimos cuando vemos estas imágenes de inquietante belleza geométrica, el extraño vértigo de saber que cada uno de esos puntitos es un ser humano como uno mismo, nos hace pasar por alto toda una serie de reflexiones de índole más racional. Por ejemplo, y ateniéndonos a la observación de Canetti de que: “los accesos a este espacio –es decir, a la masa cerrada– están contados”: ¿Se han parado alguna vez a pensar cómo se organizaban técnicamente semejantes aglomeraciones humanas?

Afortunadamente, aunque pocos, hay algunos testigos que nos han rendido cuentas de ello. Por ejemplo, el exquisito conde polaco Antoni Sobánski, que asistió como corresponsal a las celebraciones del 1 de mayo de 1934 en el inmenso campo de Tempelhof en Berlín y nos ha dejado un extraordinario testimonio. Aquí ven una imagen del lugar tomada ese mismo día, pocas horas antes de abarrotarse:

Sobanski nos cuenta:

Cada grupo posee un “plan de desfile” con la hora de la primera reunión, la ruta exacta de desfile, el lugar y la hora del encuentro con otros grupos… Lo mismo vale para la disolución de este enorme circo de dos millones de personas. No se produjo ningún atasco, pero, como todo en esta vida tiene un precio, el precio a pagar por el desarrollo sin incidentes del desfile radial hacia Tempelhof fue que durara de las siete de la mañana hasta la una del mediodía. A esa hora la plaza ya estaba completamente cubierta, pero los discursos no iban a empezar hasta las cuatro. Para la población civil, esperar al menos tres horas bajo un calor insoportable sin poderse sentar en el suelo no deja de tener su aquél, sobre todo cuando a uno no le espera un espectáculo especial, sino sólo una serie de discursos.

Franz Jung, der weg nach unten

Libro: Franz Jung, der weg nach unten

Pues bien, llegados a este punto, ¿están pensando lo mismo que yo? En efecto, cuando uno tiene que formar durante horas en la rígida estructura de una “masa cerrada”… ¿qué hace si tiene que ir al baño?
A veces la suerte es generosa y también para ese aspecto contamos, al menos, con un testimonio. Me refiero al bolchevique y escritor expresionista Franz Jung, hoy casi olvidado, que tuvo ocasión de vivir de cerca la primera gran celebración multitudinaria del Tercer Reich, el 1 de mayo de 1933, que tuvo lugar tres meses después de que flamante canciller Adolf Hitler hubiera empleado el incendio del Reichstag como excusa para librarse de los disindentes políticos. En aquella ocasión todavía existían unos aterrorizados sindicatos que fueron obligados a participar en el “enorme circo de dos millones” al que alude Sobánski. Y como, naturalmente, tenían miedo, la noche anterior habían bebido mucha cerveza. ¿Se lo imaginan? Por si fuera poco, aquel año el 1 de mayo hizo frío y las calles estaban llenas de restos lodosos de nieve primaveral. Léanlo en las palabras de Jung:

La organización había calculado mal el número de retretes. O quizá se olvidó por completo de ellos. Además, las columnas de sindicalistas estaban tan bien encajadas entre las SA y las SS, que abandonarlas se había vuelto imposible; por otro lado, los organizadores habrían impedido cualquier intento en este sentido. La noche anterior, muchos habían celebrado discretamente la despedida: la despedida del sindicato, del partido, del socialismo… Y lo habían hecho con cerveza y schnapps, en sus locales favoritos. El caso es que ahora empezaban a notarse las consecuencias. Los participantes en la celebración, temblando de frío, no eran capaces de contener su necesidad fisiológica de hacer aguas, así que mojaron los pantalones y las botas de desfilar, bajo el estruendo de los tambores, las trompetas y las flautas…. ¡Sieg Heil!… ¡Heil Hitler!

(Al día siguiente, por cierto, el 2 de mayo de 1933, los sindicatos libres dejaron de existir en Alemania). Puede que los encargados de organizar el descomunal evento aprendieran de sus errores del año anterior, pues según sigue contando Sobánski, el 1 de mayo de 1934, al menos, hubo retretes. Casualmente, aquel año hacía mucho calor:

La monotonía y monocromía de la imagen de la masa se ven interrumpidas por doce o dieciséis gigantescas tiendas de campaña con la bandera ondeante de la Cruz Roja. Constituyen un dibujo ajedrezado al alternarse con los imponentes retretes de hormigón armado, que recuerdan a los búnkeres de Verdún. Esta imagen confirma que el ser humano no sólo vive de la palabra. Tampoco los centros de primeros auxilios están de decoración. Al parecer, más de 4.000 personas recurrieron a los servicios del personal sanitario. Por lo que pude averiguar, unas mil personas, al caer desmayadas, experimentaron fracturas de brazos o de piernas, sobre todo en las muñecas y tobillos. Y, por lo que me dijeron, en el campo de Tempelhof llegaron al mundo seis o, según otros, nueve bebés. Naturalmente, la mayoría de emergencias se debieron a los desmayos provocados por el calor.

Sobánski, de todos modos, se refiere a la población civil que acudía a Tempelhof en calidad de espectadores. Éstos constituían una masa relativamente “abierta”, retomando la terminología canettiana. Puede que, aunque con gran esfuerzo, los civiles pudieran escapar de la aglomeración. Pero ¿y los miles de uniformados de la “masa cerrada” que tenían que cuidar la fila durante horas?

Quizá a partir de ahora les pase como a mí: yo ya no soy capaz de ver la impactante geometría de las “masas cerradas” de Adolf Hitler sin imaginarme aquello que las fotos no pueden mostrar: un olor nauseabundo a sudor y a orines.

Todo un símbolo, me parece a mí.

One thought on “Las masas y las necesidades del cuerpo

  1. Muy buena entrada, y lo del símbolo estoy totalmente de acuerdo.

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