Ruhleben y la Primera Guerra Mundial

Siempre me ha parecido una injusticia que la Primera Guerra Mundial haya quedado prácticamente eclipsada en nuestra memoria colectiva sólo porque después vino otra todavía peor. Cuando se nos habla de “campos de concentración” pensamos de inmediato en lugares como Buchenwald, olvidando que hubo muchos otros de nombres olvidados, como Elsenborn o Soltau, que llegaron a acoger un total de entre ocho y nueve millones de combatientes, lo cual equivale a un total del diez por ciento de todas las fuerzas movilizadas en la guerra.

Pero no sólo los combatientes fueron encarcelados: también los residentes extranjeros de naciones enemigas. Uno de los campos de civiles más notorios fue el de Ruhleben, cerca de Spandau, concebido especialmente para alojar a prisioneros ingleses. Originalmente era un hipódromo con once establos y capacidad para 27 caballos en cada uno: tan sólo había que sustituir a los caballos por prisioneros. Fueron entre 4.000 y 5.000, según las estimaciones, en su mayoría de nacionalidad británica.

hipódromo de Ruhleben en 1909

Hipódromo de Ruhleben en 1909

Uno de sus inquilinos involuntarios fue el irlandés William O’Sullivan Molony, arrestado en 1914 a las puertas de la embajada inglesa de Berlín cuando sólo contaba diecisiete años. Por lo que cuenta Molony en Prisoners and captives, Ruhleben –que en alemán significa algo parecido a vida tranquila– tuvo que ser un lugar muy singular. La población de reclusos se componía en gran medida de marineros capturados en el mar o en puertos alemanes, pero también de profesores de golf y de lengua inglesa que casualmente residían en suelo alemán en el momento en que estalló la contienda. Por su actitud, se diría que los prisioneros de algunas fotografías que se conservan acaban de salir de un selecto club londinense, si no fuera porque se sujetan los pantalones a la escuálida cintura con una cuerda.

Maqueta de una nave confeccionada en Ruhleben por Charlie Backhouse (http://ruhleben.tripod.com/)

Maqueta de una nave confeccionada en Ruhleben por Charlie Backhouse (http://ruhleben.tripod.com/)

La vida en el campo era terriblemente monótona, por lo que no tardó en producirse una versión colectiva de lo que en una entrada anterior denominé la habitación silenciosa: la cultura floreció por doquier en sus más diversas manifestaciones. (La deportiva, me temo, cuenta entre ellas: la guerra atrapó en Ruhleben a decenas de futbolistas británicos profesionales). En el campo surgieron espontáneamente lecciones especiales sobre Shakespeare para marineros o clases de literatura para pescadores de Grimsby, incluso un “instituto de bacteriología”.

En Ruhleben se hacía música y teatro, se formaban clubes de artistas, se jugaba al dominó con fichas de fabricación casera, se tallaban figuritas y se hacían dibujos. Molony, por ejemplo, se familiarizó con Rudolf Steiner gracias a un prisionero antroposofista y estudió las doctrinas del Tao con la ayuda de un tal Murehead. Un yemenita llamado Hamed Saleh le enseñó a leer árabe y a recitar el Corán, mientras que el ingeniero Luboff le permitió dominar el ruso lo suficiente como para leer a Dostoievski en el original.

Dominó fabricado por James Albert Boothroyd (http://ruhleben.tripod.com/)

Dominó fabricado por James Albert Boothroyd (http://ruhleben.tripod.com/)

En definitiva, despojados abruptamente de sus obligaciones cotidianas, los prisioneros de Ruhleben habían establecido una peculiar y frenética alianza contra el aburrimiento que se manifestaba sobre todo culturalmente. Molony admite que bajo circunstancias ordinarias, sometidos a un código vital convencional, ni elmaestro taoísta habría tenido tanto poder de convicción, ni alguien como el yemenita habría podido ejercer una influencia tan grande en el transcurso de su existencia.

No obstante, en algunas ocasiones la cultura también llegaba a ejercer un poder siniestro sobre estos individuos, que se sometían a ella como si fuera una amante, apasionadamente y por entero.

Boceto de la vida en Ruhleben trazado por James Bennet (http://ruhleben.tripod.com/)

Boceto de la vida en Ruhleben trazado por James Bennet (http://ruhleben.tripod.com/)

Nunca olvidaré la tristeza que nos abatió a todos después de ver El maestro constructor de Ibsen sobre nuestros escenarios de Ruhleben. Tales influencias actúan como si fueran intrusas: amistosas y estimulantes, otras muy perturbadoras; ciertas obras y ciertas piezas de música nos daban más fuerza de la que cabe imaginar, mientras que otras nos llenaban de impotencia y a veces nos conducían hasta el umbral de la histeria.

William O'Sullivan Molony a los 17 años

William O’Sullivan Molony a los 17 años

Además, en Ruhleben todo era innegablemente feo. El esfuerzo, aunque audaz e incluso majestuoso, no podía conciliar el estado real de las cosas. Era una ciudad de mentirijillas, construida al margen de la locura, una con la que Ibsen se habría sentido encantado. Era un monstruo sostenido por el pequeño genio inventivo de sus constructores.

Aun así, resulta difícil no sentir algo parecido a la envidia ante la extraña e indeseada oportunidad de convivir con ese monstruo, a pesar de la pésima comida, que empeoraba a medida que lo hacía el frente alemán, de la añoranza por la vida exterior y del constante anhelo de libertad que invadía a todos sus habitantes.

Cuatro años después, cuando los internos de Ruhleben regresaron a casa, tal vez espiritualmente enriquecidos, pero también demacrados, desnutridos, enfermos y asustados ante un mundo cuyas reglas habían olvidado, fueron recibidos por los suyos con desprecio. A diferencia de los muertos y mutilados de las trincheras, ellos no habían luchado por la patria. En una mentalidad todavía marcada por trasnochados ideales de heroísmo, Ruhleben se convirtió para muchos en un motivo de vergüenza. Fue así como éste y otros muchos campos de la Primera Guerra Mundial pasaron al olvido. Desde los años ochenta, poco a poco, algunos historiadores han decidido rescatarlos.

(Por cierto: este blog –y su autora– se van de vacaciones hasta principios de septiembre. ¡No nos olviden!)

2 thoughts on “Ruhleben y la Primera Guerra Mundial

  1. Rosa, yo también etsoy de vacaciones pero añorar´estas páginas abias.
    ANA R. F.

  2. […] Ruhleben y la Primera Guerra Mundial […]

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