Chocolate en Auschwitz

Renée Reichmann

Renée Reichmann (dcha.) con su hija Eva en Tánger, 1946

A mediados de 1940, un matrimonio judío ortodoxo apellidado Reichmann atravesó Francia en un camión alquilado junto con sus seis hijos y una muchacha húngara a la que habían recogido en París. Llegaron hasta Bayona horas antes de que los alemanes ocupantes cerraran la frontera. Contra todo pronóstico, las autoridades fronterizas españolas facilitaron su viaje a Madrid, donde los Reichmann esperaban obtener los papeles necesarios para adquirir la residencia en España. Sin embargo, la falta de una comunidad judía establecida y de las instalaciones kosher adecuadas los impulsaron a continuar viaje hasta Tánger, donde residía una numerosa comunidad de judíos sefarditas. El estatus especial de esta ciudad, codominada por nueve países distintos hasta que pasó a dominio español en 1940, hacía posible que en ella no imperaran las restricciones y la escasez de alimentos que estaban atenazando a una Europa en guerra. La matriarca de los Reichmann, Renée, decidió hacer uso de esta situación privilegiada para ayudar a sus correligionarios judíos que habían corrido peor suerte y permanecían atrapados en la telaraña nazi.

Bajo las órdenes de Renée, los Reichmann empezaron por enviar alimentos al gueto de Varsovia. Más adelante, tras obtener listas de judíos deportados a diversos campos de concentración gracias a una de las llamadas secretarias de la muerte (mujeres gentiles que se ocupaban, voluntariamente o no, de confeccionar las listas de deportados), Renée Reichmann decidió ampliar su radio de acción. Con el apoyo económico que solicitó a los judíos más pudientes de Tánger y a familiares norteamericanos, y con la ayuda activa de sus hijos, se embarcó en un proyecto que alcanzó dimensiones descomunales. A ritmo de cadena de montaje, empaquetó diariamente cientos de paquetes con alimentos. Según su hijo Albert, en 1943 sólo la familia Reichmann envió a judíos desconocidos de europa 4.000 paquetes cada dos semanas, cifra que llegaría a duplicarse posteriormente.

La familia Reichmann preparando paquetes

La familia Reichmann preparando paquetes

De este modo llegaron a cubrir al menos en parte las tareas de las que en justicia debería haberse ocupado la Cruz Roja Internacional, con sede en Suiza. Aunque los Reichmann solicitaron el apoyo de la institución, los empleados de la CRI se negaron a cooperar. Irónicamente, criticaron que los productos, presumiblemente españoles, que enviaban los Reichmann no cumplían con su elevado estándar sanitario: algunas de las latas de sardinas y olivas estaban manchadas o tenían algún defecto. Además, los judíos prisioneros no entraban oficialmente bajo la calificación de “prisioneros de guerra” y, por tanto, no caían bajo la jurisdicción de la CRI (a diferencia de la Cruz Roja Española, que, curiosamente, les concedió este estatus dos años antes de que lo hiciera la CRI y se avino, además, a cubrir los gastos de envío de los paquetes):

Pueden leer completa la historia de los Reichmann en el interesante ensayo que la investigadora Trudi Alexy ha dedicado a explorar las complejas relaciones históricas entre el judaísmo y España. Sin lugar a dudas, la obcecada inicativa de Renée Reichmann merece admiración y respeto. No obstante, parece inevitable preguntarse si estos paquetes llegaron jamás a su destino. La decisión de entregar o no los envíos a los prisioneros estaba en manos de los comandantes respectivos de cada campo.

books_002Existen testimonios de reclusos que alegan no haber visto nunca ni un solo de los paquetes que les habían enviado sus familias, o que los habían recibidos vacíos. En tiempos de guerra, las latas de alimentos constituyen una divisa de gran valor en el estraperlo. ¿Por qué iban los SS a entregar tan valiosa mercancía a unos prisioneros que de todos modos estaban destinados a ser gaseados? Es verdad que los Reichmann conservan en su poder cientos de recibos firmados por los reclusos destinatarios, pero ¿no podrían haber sido obligados a firmar? Se sabe que los SS tenían interés en hacer creer al mundo que los judíos eran bien tratados. Especialmente Auschwitz, el principal destino de los envíos de Renée Reichmann junto con Theresienstadt, era conocido tanto por la corrupción de sus guardianes como por denegar sistemáticamente la entrega de paquetes a judíos y prisioneros soviéticos.

Estremece la posibilidad de que una iniciativa tan loable tal vez sólo haya contribuido a enriquecer a los guardianes de campo y a incrementar aún más la frustración de sus legítimos destinatarios. Un día, mientras Renée Reichman preparaba como siempre sus paquetes en Tánger, se le acercó un joven sefardita y le preguntó: “¿Para qué hacemos esto? ¿Realmente piensa que los alemanes permitirán comer a los judíos?” Su respuesta fue: “Si sólo uno de todos estos judíos llega a comer chocolate, me doy por satisfecha”. Ojalá haya sido así.

3 thoughts on “Chocolate en Auschwitz

  1. A raiz de esta entrada me pregunto si habrá algún estudio objetivo sobre el papel de la Cruz Roja Internacional durante la II GM. Sus inspecciones a Terezin, por ejemplo, eran un completo despropósito.

  2. Nunca lo habia oido, me parece sorprendente!

  3. Efectivamente, Damián, hay un libro fundamental de Jean-Clauve Favez disponible al menos en francés y en inglés (“Une mission impossible? Le CICR, les déportations et les camps de concentration nazis”, Lausana 1988, o bien “the Red Cross and the Holocaust”, Cambridge, 1999). Como siempre, no parece haber traducción castellana. Un saludo muy cordial y gracias por el comentario.

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