El primer atentado terrorista de la historia alemana

Karl Ludwig Sand

Karl Ludwig Sand

El primer atentado terrorista de la historia de Alemania tuvo lugar el 23 de marzo de 1819. Tengan paciencia, pues merece la pena examinar este caso con detenimiento.

Karl Ludwig Sand, el terrorista de nuestra historia de hoy, fue uno de los 468 estudiantes que participó con patriótico entusiasmo en una célebre quema de libros que tuvo lugar el 18 de octubre de 1817 en la Wartburg, la fortaleza que había dado cobijo a Lutero. Para entonces, Napoleón ya había sido derrotado, dejando atrás a una incipiente nación alemana llena de esperanzas de futuro que el reaccionario Congreso de Viena aún no había conseguido ahogar por completo. Los estudiantes celebraban tanto la victoriosa Batalla de Leipzig, acontecida cinco años antes, como el 300 aniversario del día en que, según cuenta la leyenda, Lutero clavó sus revolucionarias tesis en la puerta de la iglesia palaciega de Wittenberg. Y, al igual que Lutero quemó en su día la bula de excomunión papal, en su gran auto de fe estos jóvenes estudiantes quemaron, entre otras cosas, el Código de Napoleón.

El 10 de mayo de 1933, por cierto, los estudiantes nazis se remitieron a este día cuando lanzaron a la hoguera, entre otras, las obras de Sigmund Freud, Stefan Zweig y Lion Feuchtwanger. Curiosamente, esta serie de quemas que se siguen en el tiempo muestra con gran fuerza simbólica la sucesión de los principales “enemigos” a los que creyó tener que enfrentarse Alemania en el transcurso de su historia y en torno a los que construyó en gran medida su identidad nacional: la Roma papal, la Francia napoleónica y el judaísmo internacional.

August von Kotzebue

August von Kotzebue

Entre las obras que se quemaron en la Wartburg en 1817, con la aquiescencia entusiasta del joven Sand, figuraba la Historia del Imperio alemán de un prolífico autor teatral de gran popularidad, pero hoy prácticamente olvidado: August von Kotzebue. El joven Sand empieza a obsesionarse con este autor, que parece representar todo lo que esta generación de frustrados patriotas más detestan. Las malas lenguas lo acusaban equivocadamente de ser un espía del odioso zar de Rusia, así como de delatar a los intelectuales liberales alemanes ante la implacable policía de Metternich. Además, en el Semanario literario que dirige, el rusófilo Kotzebue tenía la desfachatez de dar a conocer canciones de cosacos y baskires, como si los productos de la pluma de esos pueblos paganos fueran mejores que los gloriosos frutos del folklore alemán. Pero, sobre todo, se le acusaba de laxitud moral. Aficionado a los finales felices, en sus obras teatrales Kotzebue permitía que las adúlteras o madres solteras fueran perdonadas, en lugar de obligarlas a cometer suicidio o de ejecutarlas virtualmente. De este modo, la castidad, considerada ya desde Tácito una de las virtudes por excelencia de la mujer alemana, corría un grave peligro. En definitiva, Kotzebue, con su literatura popular, estaba atacando los fundamentos de lo que en estos momentos constituía todavía la única columna en pie de la construcción nacional alemana: la Cultura. A ojos de los patriotas alemanes, sus obras debilitadoras del arte y de la moralidad de su nación justificaban que, como un nuevo Sócrates, Kotzebue fuera acusado de “pervertidor de la juventud”.

En mayo de 1818 Sand escribe en su diario, una detrás de otra, dos frases que serían incompatibles en cualquier contexto ideológico distinto al alemán del momento:

Nuestro hombre divino, Cristo, nuestro Señor, es la imagen de una humanidad que tiene que ser eterna, bella y alegre. Pensándolo bien, muchas veces se me ocurre que alguien debería tener el valor de hincarle la espada en el mesenterio a Kotzebue o a cualquier otro de los traidores de la patria.

Jakob Friedrich Fries

J, F. Fries

Seis meses después, Sand conoce en la universidad al profesor de filosofía Jakob Friedrich Fries, un notorio antisemita, y a Karl Follen, fundador de una Sociedad Alemana de Lectura para la Consecución de Objetivos Patrióticos. En los panfletarios textos de Fries, la exigencia de autosacrificio patriótico va unida a la necesidad de venganza contra los traidores a la patria, ya que la justa venganza es un signo inequívoco de una sociedad fuerte y sana. Follen es aún más radical. En su opinión, es éticamente correcta cualquier acción –incluso el asesinato–, siempre y cuando se ejecute con absoluta convicción y por libre voluntad. Follen, décadas antes de que lo hiciera Nietzsche y sin que se hubiera firmado todavía la partida de defunción de Dios, ya estaba anticipando una estética de la voluntad que los estudiantes de Jena enseguida harían suya.

La citada Sociedad de Follen era una asociación nacionalista y liberal cuyos miembros llevaban el “antiguo traje alemán”: sobrias vestiduras negras inspiradas en la época de Lutero con las que pretendían tanto imponerse a la moda Imperio que habían difundido los odiados franceses como exhibir públicamente las ideas que profesaban. De esta asociación surgirían las principales fraternidades estudiantiles alemanas, generalmente compuestas por jóvenes veteranos de la guerra antinapoleónica y que destacaban, con pocas excepciones, por un nacionalismo virulento –aunque democrático–, un vehemente antisemitismo y una desmedida afición por los duelos y la gimnasia.

Karl Follen

Karl Follen

Follen convence a Sand de que, una vez se ha alcanzado la convicción de que una acción es justa, ejecutarla se convierte en un deber absoluto. ¿No forma esta covicción parte de todo decálogo terrorista? En su diario, Sand le da las gracias a Dios con vehemencia por esta iluminación inducida. Y, como está absolutamente convencido de que Kotzebue debe morir, se hace fabricar en Jena según sus indicaciones un puñal de gran tamaño y acude de oyente a las clases de anatomía de la universidad a fin de averiguar exactamente dónde se encuentra el corazón humano. Los conocimientos que va adquiriendo los pone por escrito en un texto que titulará Puñalada mortal para August von Kotzebue, en el que, de paso, expone sus principios para la renovación de Alemania. Una vez haya terminado su misión, pretende clavar este panfleto, a la manera luterana, en la puerta de una iglesia con uno de los dos puñales que habrá empleado para el ataque. Curiosamente, el objetivo final de Sand es culminar con su acción la reforma luterana, que en su opinión ha quedado abortada por “las cadenas del papado y del arbitrio de los soberanos”.

Asesinato de Kotzebue

Asesinato de Kotzebue

Cuando por fin se pone en camino, Sand lleva en el bolsillo el Evangelio de san Juan y una edición de los poemas bélicos de Theodor Körner. Unos días después, al mediodía, se encuentra frente a la casa de Kotzebue en Mannheim. Cuando es recibido por el escritor, Sand, al grito de “¡traidor de la patria!”, le clava el puñal en el pecho con tanta violencia que consigue atravesarle de una sola estocada el abrigo, un chaleco, dos camisas, otra camisa interior de lana, la cuarta costilla, el pulmón, el pericardio y la arteria pulmonar. Kotzebue cae en redondo, y cuando Sand se da la vuelta, ve en el umbral de la puerta a un niño de cuatro años, hijo de la víctima, que había entrado justo antes. El niño llora.

Sand, asustado, se clava el segundo puñal, más pequeño, pero esta vez la hoja apenas si penetra unas pulgadas. Herido, baja corriendo las escaleras mientras el alborotado servicio doméstico atiende a Kotzebue. Tan sólo la cocinera ve huir a Sand y sale en pos de él, pidiendo ayuda. Unas mujeres aterrorizadas lo miran desde la ventana. Tras entregarle su Puñalada mortal para August von Kotzebue a un criado que acaba de abandonar la casa para llamar a la guardia, exclama a voz en grito:

¡Sí, he sido yo! ¡Así es como han de morir todos los traidores! ¡Viva mi patria alemana!

y, tras caer de rodillas, añade:

¡Te doy las gracias, Señor, por esta victoria.

El 'héroe' Sand es llevado al cadalso

El ‘héroe’ Sand es llevado al cadalso

Dicho esto, vuelve a clavarse el puñal en el pecho y cae inconsciente. Una comadrona que ha acudido alertada por los gritos trata de socorrerle limpiando la herida con vinagre (vinagre, por cierto, que acababan de darle en casa de los Kotzebue). Aun así, Sand sobrevive a las heridas autoinfligidas. En la cárcel se le otorga el privilegio de permanecer en su celda sin tener que llevar cadenas. El 5 de mayo de 1820, el tribunal de la Corte de Mannheim lo condena a muerte, y la ejecución se celebra quince días después.

muerte Sand

Ejecución de Sand

Sand no pasaría de ser una anécdota estremecedora, pero de escasa importancia, si no fuera porque el espíritu de la época convirtió a este redomado terrorista en un héroe y, desde el día de su ejecución, en un nuevo mártir de la causa alemana. Convertido en símbolo de la unidad y libertad alemanas, las multitudes sollozaron a su muerte, cortaron rizos de sus cabellos, desprendieron virutas del cadalso y tiñeron pañuelos en su sangre para conservarlos como reliquia. Su tumba se convirtió en un lugar de peregrinación, y apenas había flores que acertaran a crecer en ella, pues todas acababan en manos de los visitantes. Durante años se hizo apología del martirio de Sand en poemas, canciones y novelas. Ludwig Börne incluso llegó a definir el asesinato de Kotzebue como el punto en el que cristalizó la historia moderna de los alemanes.

Por lo demás, bien se puede decir que a Sand le salió el tiro por la culata, al menos por lo que respecta a sus objetivos unificadores y democráticos. El sonado suceso le vino a Metternich como anillo al dedo para imponer las severas medidas represivas con las que soñaba desde hacía tiempo, así que lo tomó como pretexto oficial de los Acuerdos de Karlsbad. Como consecuencia, y hasta la revolución de marzo de 1848, el inspirador Karl Follen acabó en el exilio, las fraternidades estudiantiles pasaron a la clandestinidad, la gimnasia quedó prohibida, los periódicos, censurados, los “demagogos” liberales, encarcelados, y todos los antiguos trajes alemanes desaparecieron como por ensalmo de las calles alemanas. No, sin embargo, de las cabezas.

(Texto publicado anteriormente, con algunas alteraciones, en El misterioso caso alemán)

8 thoughts on “El primer atentado terrorista de la historia alemana

  1. Rosa, excelente trabajo. Es un placer leer en tu blog.

  2. ¡Gracias mil, Alfonso! Saludos, Rosa

  3. Me pregunto de dónde viene esta pasión de los alemanes, en ciertos momentos, por la quema de libros. Magnífica entrada.

  4. Qué bien contado, qué interesante todo, qué enlazado va a quedar este blog.

    Saludos.

  5. ¡Gracias, Blumm! ¡Gracias, Damián!
    En cuanto a la histórica manía alemana de quemar libros a la que aludías, hay todavía otro antecedente que precedió –y tal vez inspiró– la quema de libros de la Wartburg a la que se refiere esta entrada: Ya en 1772 los poetas del llamado Göttinger Hainbund (Johann Friedrich Hahn, Johann Heinrich Voss, Heinrich Christian Boie y Ludwig Christoph Heinrich Hölty, entre otros), que aspiraban a encarnar la verdadera alma alemana y a difundir sus valores, quemaron en un rito simbólico el poema “Idris” de Christoph Martin Wieland. El pecado de Wieland: ser afrancesado y gracioso. Un cordial saludo.

  6. nachoaodo

    Muchas gracias por este post. Está muy bien explicado y resulta muy clarividente. Me ayuda hasta con mi tesis.
    Un saludo

  7. Francisco Cuevas

    Muy interesante texto al que llegué buscando información acerca de “Las Ruinas de Atenas” de Kotzebue, a quien Beethoven le puso música.
    Un saludo.

    • Rosa Sala Rose

      Interesante me parece también a mí la información que amablemente aporta: desconocía por completo que Beethoven hubiera puesto música a una obra de Kotzebue. Muchas gracias por compartir ese dato.Y, desde luego, por visitar mi blog.

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