Historia y memoria (I)

Dresde tras el bombardeoDresde, noche del 13 de febrero de 1945. Los habitantes de la ciudad que está siendo arrasada por las bombas huyen masivamente hacia los espacios abiertos de los valles del Elba: mujeres, niños, ancianos, enfermeras, incluso prisioneros de guerra británicos que casualmente se hallaban en la ciudad. Junto al río, bajo la noche iluminada por los reflejos de la ciudad en llamas, esperan estar a salvo. Pero entonces un nuevo peligro surge de la oscuridad: Tras haberse liberado de su mortífero lastre, bombarderos británicos se abalanzan en vuelo rasante sobre los refugiados en el valle, disparando sus ametralladoras y matando cobardemente a 10.000 civiles. Decenas de testimonios de aquel infausto bombardeo juran haber sufrido o haber sido testigo de uno de estos ataques.

Y sin embargo, todos estos testimonios se equivocan. Les tranquilizará saber que la terrible historia que acabo de relatarles nunca sucedió: Los ataques en vuelo rasante con ametralladora que se produjeron por aquellas fechas tuvieron lugar a muchos kilómetros de distancia de Dresde. Las turbulencias generadas por el fuego que asolaba la ciudad aquella noche habrían condenado a cualquier avión en vuelo rasante a lanzarse de lleno contra la columna de llamas. Excavaciones realizadas en 2007 no hallaron ni rastro de las miles de balas que un ataque con tantos miles de víctimas habría dejado forzosamente en el valle del Elba. No existe ningún documento militar aliado que haya registrado estos ataques. Tampoco los nazis tomaron cuenta de ellos ni los emplearon como bienvenido argumento en su propaganda contra el enemigo. De hecho, los primeros testimonios no empezaron a hacerse públicos hasta los años cincuenta. El historiador alemán Helmut Schnatz –él mismo un testigo del bombardeo de Dresde durante su infancia– ha dedicado a este tema un libro rigurosamente documentado. Pero cuando expuso su punto de vista en una conferencia, causó una auténtica conmoción entre algunos de los ancianos de Dresde presentes en el acto.

Lamentablemente, los ataques en vuelo rasante a civiles por parte de los Aliados se produjeron ocasionalmente durante la guerra, pero nunca con semejante cifra de muertos y no, en definitiva, durante el bombardeo de Dresde. Son una leyenda. Pero entonces, ¿mienten quienes han hablado con horror de estos ataques en entrevistas o en sus memorias? Probablemente no, pero entonces, ¿cómo pudieron ver algo que es imposible?

Ahora que ya no falta mucho para que mueran los últimos testigos, el tema de la memoria y de cómo recordamos acontecimientos históricos está recibiendo una gran atención por parte de la historiografía alemana, un tema al que Harald Welzer y Aleida Assmann han dedicado algunos libros ya clásicos. Posiblemente las víctimas del bombardeo confundieran con aviones aliados a los pocos cazas alemanes que, tras haber tratado en vano de defender la ciudad, huían de las ametralladoras de los Mustang americanos volando a baja altura sobre el Elba. También debieron de oír, magnificados y publicitados por la propaganda nazi, relatos de ataques aliados de este tipo que sí tuvieron lugar, pero en lugares y momentos muy distintos. Lo demás se debe a complejos mecanismos de condensación de la memoria observados en personas sometidas a un trauma o un estrés intenso.
Todos hemos tenido ocasión de comprobar que la memoria es traicionera. De pequeña, yo misma pasé mucho tiempo convencida de que el taller que se veía desde el patio de mi casa en Barcelona era un establo de cebras, pues había visto una paseándose por su tejado de uralita. Ya casi adolescente, fue sólo el sentido común lo que me instó a desechar este recuerdo, pero no su intensidad: aún hoy sigo viendo a esa cebra nítidamente dibujada en mi memoria y de pequeña habría estado dispuesta a declarar bajo juramento que existió.

Un anciano familiar al que había cursado una visita de cortesía en Alemania me preguntó por el libro que estaba leyendo. Era –¿a quién le sorprende?– un libro reciente sobre historia del nazismo. Visiblemente enojado, me preguntó: “¿No será otra vez uno de esos libros escrito por alguien que no tiene ni idea de lo que pasó porque no estuvo allí?”. A ojos de este familiar, la memoria es vencedora absoluta sobre la historia. La historia como disciplina no tendría razón de ser. En consecuencia yo debería dedicarme a otra cosa, aunque eso no tuvo el valor de decírmelo.

5 thoughts on “Historia y memoria (I)

  1. Excelente entrada Rosa 🙂 Yo también he vivido esas “traiciones” de la memoria. Pero al igual que el anciano alemán que mencionas, cuesta mucho dejar de creer en los falsos recuerdos ¡son tan vívidos!
    Hay historiadores, como sabes, que se dedican a recopilar los recuerdos de los sobrevivientes de diversos hechos. Evidentemente tienen mucho valor… psicológico, no tanto histórico 🙂
    Pero ¿a quién creerla más, a un documento o a un relato?
    Recuerdo el libro “¿Qué es la Historia?” de Edward H. Carr (obligado a leerlo hace muchos años para la Facultad), y que valdría la pena, quizá, darle una repasada ¿no te parece?
    Saludos.

  2. Estimado Brigantinus:

    Gracias por su comentario. Imagino que los testimonios personales siguen siendo, a pesar de todo, una fuente histórica irrenunciable, y en algunos casos incluso la única de que disponemos. Pero en la medida de lo posible, conviene desarrollar un sano escepticismo y tratar de refrendar el testimonio con fuentes de otra naturaleza.
    El peligro de los relatos es que generan una complicidad inconsciente entre hablante y oyente, por lo que desarrollan una gran fuerza de convicción que a veces se impone a las pruebas documentales. En su estudio de casos, Harald Welzer recuerda la entrevista a una testigo que venía a decir lo siguiente (es una paráfrasis): “Entonces llegaron los rusos, ya sabe, y éstos no se cortaban un pelo, ni siquiera si había niños. […] Mi hermana y yo estábamos escondidas en un establo cuando llegaron los rusos para violarnos, pero entonces vieron a los niños y se fueron”. Obviamente, la testigo ha incurrido en una incoherencia que debería haber provocado u deseo de aclaración por parte del entrevistador. Sin embargo, éste había quedado tan atrapado por el relato del testimonio que se le pasaron completamente por alto ésta y otras incongruencias. Ni siquiera las reconoció al escuchar más tarde la grabación, tan sólo al leer finalmente la transcripción puesta por escrito.
    Curiosidades de la memoria, pero también de la oralidad y de los mecanismos psicológicos de quienes escuchamos y empatizamos…
    Confieso que no he leído el libro de Carr… Trataré de hacerme con él.
    Un saludo muy cordial,
    Rosa Sala Rose

  3. De eso mismo, respecto a cómo conformamos nuestra memoria incluso con ficciones, hablaba Punset hace un tiempo en “Redes” en una entrevista a Daniel Schacter, que hablaba sobre la “vulnerabilidad de la memoria”. Quizá porque recordar es, también, construír. Le incluyo aquí el enlace a un resumen de ella y le envío un saludo muy cariñoso y cordial desde Galicia:

    http://docs.google.com/gview?a=v&q=cache:oZVitHeR5I8J:www.smartplanet.es/redesblog/wp-content/uploads/2008/06/entrev009.pdf+memoria+errores+punset&hl=gl&gl=es&pid=bl&srcid=ADGEESiGy-1dd1vq3Mn_oVZyY3MfVZ-EtRHWvVmnbqzktvjXwlb4xFgrLD4yQUUtU16BVRzl97ueR5XL1n1m1ahItzGAaR01luz9XM1SvB_iGZsQojDyi8uTmvP9mxkualYQuco1gMYh&sig=AFQjCNFGsRvW-u3qe2rGL8I-fAWi7ZXOnw

  4. Del mismo modo, Oliver Sacks recuerda hablando con Punset un ejemplo muy similar:

    “El primero es sobre una noche donde hay un bombardeo atroz y donde él relata tanto el bombardeo como el susto que le produce y el desasosiego de la ciudad en silencio y a oscuras porque estaba funcionando la medida de seguridad de apagar todas las luces para que los aviones no detectaran dónde tirar bombas.

    El segundo recuerdo dice: “En otra ocasión una bomba incendiaria, una bomba termita cayó detrás de nuestra casa y ardió con un terrible calor. Mi padre tenía una bomba de agua manual, y mis hermanos le llevaban cubos de agua, pero el agua parecía no servir de nada contra aquel fuego infernal, de hecho parecía arder con más furia. Cuando el agua golpeaba aquel metal al rojo se producía un tremendo e incinerante petardeo y mientras tanto la bomba iba derritiendo su envoltura y arrojando chorros y fragmentos de metal fundido en todas direcciones. A la mañana siguiente el césped estaba tan chamuscado y deteriorado como un paisaje volcánico. Pero ante mi satisfacción también quedó cubierto de hermosos trozos de reluciente metralla de los que pude presumir cuando volví a la escuela tras las vacaciones.” Es un recuerdo absolutamente vívido, muy detallado y muy crudo. En el año 2006, en un reportaje que le hace Eduard Punset, Oliver Sacks cuenta que cuando el hermano que estaba con él en la escuela lee esta biografía, le dice que ellos nunca vieron esas escenas porque no estaban en la casa cuando eso pasó. Entonces Oliver Sacks dice: “¿qué quiere decir que nunca lo vi? Y él dijo, en aquel momento estábamos fuera. Pero ahora mismo puedo ver las bombas caer y a mi hermano que trae cubos de agua, las bombas que lanzaban metal caliente. ¿Cómo puede ser que lo vea? Y él me dijo: porque nuestro hermano mayor nos escribió una carta, una carta con una descripción muy viva. Y dijo que yo había quedado muy fascinado por su descripción. O sea que es obvio que en mi mente, de forma consciente construí la escena a partir de su descripción, y luego me la apropié y la consideré erróneamente un recuerdo propio. Ahora esto lo sé, intelectualmente soy consciente de ello, pero aun así no puedo distinguir el recuerdo verdadero del falso, llamémosle así, en cuanto a su carácter: el uno parece igual que el otro. Y creo que esto demuestra tanto la fuerza como la debilidad de la memoria y de la imaginación humanas: hacemos cosas sin saber a menudo de qué fuentes proceden: ¿lo he experimentado, lo he oído, lo he leído? Todo lo que se sabe es que nos parece real y una parte de nosotros mismos”.
    Perdona la extensión de mis comentarios, que no es necesario en absoluto que se publquen, pero es que este de la memoria y la ficción es un tema que me interesa mucho desde hace años. Un saludo muy cordial.

  5. Estimado Xose Antonio:

    Pienso que son comentarios muy interesantes y más que dignos de ser publicados. Coincido plenamente contigo en que el tema de la historia versus memoria es realmente fascinante. (Ya me había referido a él en una entrada anterior, http://rosasalarose.blogspot.com/2009/06/las-napolas-y-el-trampolin.html).
    Desconocía el caso de Oliver Sacks, pero es un ejemplo muy interesante, muy en la línea que también a mí me fascina y en gran medida me inquieta. Vivimos en una época que siente una veneración acrítica por los testimonios vivos, como si éstos fueran la única fuente verdaderamente fidedigna de la verdad histórica, y eso me preocupa. Quizá es que en nuestros tiempos necesitamos lo oral y lo vivo para creer. En la era electrónica, la imagen y los textos son potencialmente falseables y parece que van perdiendo prestigio en aras de los testimonios “reales” que se toman por auténticos. El famoso caso del falsario Enric Marco es un buen ejemplo de hasta qué punto esta tendencia puede ser ilusoria.
    Me ha interesado mucho la entrevista de Punset con Daniel Schacter. Muy curiosa su observación de que, incluso neurológicamente, necesitamos la memoria del pasado para imaginar el futuro.
    Un saludo muy cordial desde una Barcelona todavía atípicamente veraniega.

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