Sir Samuel Hoare y las cerillas

A finales de junio de 1941, las relaciones diplomáticas entre España e Inglaterra vivieron unos días especialmente difíciles. Hitler acababa de entrar en guerra con el mayor enemigo ideológico de Franco, la Unión Soviética, y eso situaba a los ingleses, hasta entonces los únicos contendientes activos contra Hitler, en la incómoda posición de ser aliados de los “Rojos”.

Sir Samuel Hoare

Sir Samuel Hoare

Serrano Suñer decidió aprovechar la tensión del momento para organizar un asalto a la embajada británica en Madrid y quiso hacerlo de un modo similar al que habían empleado los nazis en el progromo de la Noche de los cristales rotos: organizar la acción desde arriba, pero procurando dar la sensación de que todo había sido el producto espontáneo de la ira del pueblo. En la mañana del 24 de junio pronunció un vehemente discurso en plena calle ante la sede de la Falange. Después el pueblo airado se dispersó espontáneamente en dirección a la calle Fernando El Santo, donde se ubicaba la embajada. Casualmente en ese lugar alguien había dispuesto ya un carro cargado de adoquines, y casualmente también recorrían la zona varios coches alemanes con ocupantes bien provistos de cámaras. Del mismo modo que durante la Noche de los cristales rotos se avisó a los bomberos, pero éstos se limitaron (con algunas honrosas excepciones) a contemplar el incendio de las sinagogas y a proteger únicamente los edificios arios que hubiera cerca, también en Madrid se dio aviso a la policía, pero ésta se retiró enseguida con la excusa de que la manifestación había sido disuelta por la Falange, sin quedarse a ver qué sucedía con el pueblo airado que a todas luces continuaba allí.

No era la primera vez que en Madrid las autoridades organizaban una manifestación supuestamente espontánea frente a la embajada británica. Se cuenta que en una ocasión anterior, con una muchedumbre aparentemente propensa a la violencia en las puertas del edificio, el embajador británico en Madrid Sir Samuel Hoare recibió la llamada de cortesía del gobernador civil preguntándole si quería que le enviara más policías, a lo que el embajador respondió: “No nos envíe más policías, mejor envíenos menos manifestantes”.

Pero esta vez la ocasión era sonada y exigía una acción de mayor efecto. Ya se sabe, no hay celebración nazi que se precie sin que aparezcan llamas de algún tipo, ya sean desfiles de antorchas, quemas de libros o sinagogas incendiadas. Quizá por eso uno de los objetivos de Serrano Súñer, emulando a sus admirados alemanes y con el apoyo de la Gestapo, era que la turba prendiera fuego espontáneamente a los coches con matrícula inglesa que se encontraban frente a la embajada. Seguro que la imagen de los coches en llamas causaría un efecto especialmente llamativo al día siguiente en los periódicos.

Probablemente todo habría salido según lo previsto si no fuera porque la acción no estaba aconteciendo en Alemania, sino en España. Sir Samuel Hoare, en cuyas memorias he dado con esta historia, atribuye su fracaso al “carácter olvidadizo” de los españoles que esta vez habría contrariado “la eficacia y organización germánicas”: El caso es que los ingredientes fundamentales, los coches y la turba, estaban allí según lo previso, pero nadie había pensado en las cerillas.

caja de cerillas

caja de cerillas

En 1941, España era un país paupérrimo y resulta que las cerillas, un objeto fundamental de la vida cotidiana, escaseaban. O bien ninguno de los componentes de la airada turba llevaba fósforos consigo –algo más bien improbable– o, de llevarlos, tuvo suficiente sentido del pragmatismo para no estar dispuesto a sacrificarlos por un acto de propaganda muy vistoso, pero completamente inútil. Así pues, los coches de los ingleses acusaron el impacto de varios adoquines, pero por lo demás se salvaron de la simbólica quema. Los periodistas alemanes registraron las manifestaciones con todo detalle para poder mostrarlas en los noticiarios, pero se quedaron sin vistosas llamas que filmar.

Seguro que en Alemania esto no habría pasado.

3 thoughts on “Sir Samuel Hoare y las cerillas

  1. Veo que ésto de implicarnos poco nos viene en los genes. Nos van muy bien los comentarios airados, las bravuconadas, pero a la hora de “invertir” a fururo, los españoles nos quedamos cortos. Aunque nuestros ideales sean ampulosos. Esto es generalizar, lo se, pero la imagen que nos expones no deja de ser una caricatura muy acertada y vigente en el tiempo, como las buenas obras de teatro.

  2. ¡Hola, Aurora!
    Es posible que tengas razón… En cualquier caso, también a mí me pareció una anécdota acertada y, en gran medida, simpática. ¡Un cordial saludo y felices fiestas!

  3. Jajaja, es una entrada muy buena, los españoles somos diferentes en todo.

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