Hitler, el "comealfombras" (I)

En su maravilloso libro sobre el lenguaje del Tercer Reich, Viktor Klemperer hace constar que en otoño de 1941, cuando ya no cabía esperar un rápido final de la guerra, Hitler solía abandonarse a arrebatos de furia que acobardaban a sus subordinados.

Primero eran rabietas, después arrebatos de furia ciega; se decía que en uno de ellos el Führer le habría dado un mordisco a su pañuelo, después a un cojín; después se decía que se había lanzado al suelo y había mordido la alfombra. Y entonces –estas historias solían ser difundidas por gente ordinaria, operarios, vendedores ambulantes, carteros ingenuos– “masticaba los flecos de la alfombra”, los roía regularmente, ganándose así el apodo de “comealfombras” (Teppichfresser).

Klemperer relacionó enseguida esta leyenda con el episodio bíblico de la locura de Nabucodonosor, rey de Babilonia, condenado por Dios a comer hierba como los bueyes en castigo de su arrogancia. William Blake, por cierto, nos ha legado un bonito dibujo sobre este episodio:

No obstante, el apodo de Hitler como “comealfombras” es anterior a 1941. El corresponsal en Alemania de la CBS William Shirer, en su muy recomendable Diario de Berlín, lo hace remontar a 1938, durante las tensas negociaciones que acompañaron la incorporación forzosa al Reich de los Sudetes. En aquellos días, desde la terraza de un hotel, Shirer contemplaba el caminar nervioso de Hitler:

Me pareció, tal como apunté esa noche en mi diario, que estaba al borde de un ataque de nervios. “Teppichfresser”, musitó mi compañero alemán, un editor que despreciaba secretamente a los nazis. Y me explicó que durante los últimos días Hitler había estado de tan mal humor por culpa de los checos que en más de una ocasión había perdido el control por completo, lanzándose al suelo de rabia y masticando el borde de la alfombra. De ahí el apodo de “comealfombras”. La noche anterior, al hablar con algunos de los líderes del Partido en el hotel Dreesen, había oído esa expresión aplicada al Führer… siempre por lo bajini, por supuesto.

Probablemente la confusión y la consecuente leyenda surjan del hecho de que décadas atrás en alemán se decía que comían alfombras las personas que, preocupadas por asuntos gravosos, iban de un lado a otro de la habitación y gastaban así la superficie de la alfombra.

Pero de lo que no cabe duda es de que Hitler manifestaba frecuentes y virulentos accesos de rabia cuando recibía malas noticias, aunque aún hoy se discute si se trataba de actuaciones premeditadas destinadas a la intimidación o si eran un síntoma inequívoco de su personalidad neurótica. Sus temidos arrebatos de furia fueron especialmente frecuentes durante los últimos días en el búnker, cuando asistía con sus acólitos a la caída de ese Tercer Reich que había de durar mil años y las malas noticias no cesaban de llegar.

pedazo de la alfombra de Hitler en el búnker

Pedazo de la alfombra de Hitler en el búnker

Curiosamente, se conserva (¡sin mordiscos!) un trozo de la alfombra, bastante kitsch, que amenizaba con sus coloridas flores el suelo de hormigón de su cuarto en el búnker. Un soldado americano se lo había llevado como recuerdo en 1945.

La vinculación entre Hitler y las alfombras ha sido sorprendentemente productiva, llevando a algunos resultados inesperados y sin duda polémicos, como esta obra del artista israelí Boaz Arad que se expuso en el Centro de Arte contemporáneo de Tel Aviv en 2007.

Con esta obra, el joven artista no sólo permitía hacer realidad el deseo más o menos inconfesable de limpiarse los pies en la piel de Adolf Hitler.

Hitler-rug de Boaz Arad

Hitler-rug de Boaz Arad

Según Arad, también pretendía manifestar hasta qué punto el Holocausto ha marcado a Israel al tiempo que ha sido objeto de su abuso. Además, la alfombra representa lo que haría un cazanazis si lograra capturar su pieza más preciada. Un curioso deseo de violencia y de venganza póstuma, me parece a mí, un poco en la línea de la película Inglorious Bastards de Quentin Tarantino. ¿Nos estamos aproximando a una época en la que queremos vengarnos de Hitler, no sólo por las atrocidades que cometió, sino también por el peso insoslayable con el que su figura lastra nuestra memoria?

Precisamente de películas les quería hablar en mi próxima entrada, donde les mostraré cómo los ya tópicos arrebatos de ira de Hitler han sido representados en la gran pantalla.

8 thoughts on “Hitler, el "comealfombras" (I)

  1. Curioso e interesante post (sobre todo después de un mes de abstinencia). Saludos.

  2. Sí, gracias de nuevo por estar aquí y traernos tus investigaciones y descubrimientos en estos artículos tan buenos.

  3. En una entrevista promocional, Q. Tarantino, terminaba diciendo que sí, que en su película se hartaban de matar nazis, y remachaba preguntándole al entrevistador (y a la audiencia) ¿Pero eso nos encanta, no? La superficialidad de la campaña promocional estuvo a la altura de la película. Es escandalosa la intención de pretender convertir a los espectadores en asesinos de nazis, quienes no tienen otro derecho que el de morir por ser lo que son…exactamente como los judíos en otro tiempo. Total, que si no se racionaliza en absoluto, la respuesta inmediata de mucha gente debió ser afirmativa, pero a poco que se cavile se da uno cuenta de que tras esa primera impresión aparece algo mal camuflado, y uno no tiene ya edad para malabares que pueden oler a intentos de convertir a verdugos en víctimas. (En la película, el asesino nazi, papel que le supondría un Oscar al actor que lo encarnaba, acaba cayendo simpático “a pesar de todo”. Demasiada superficialidad para un tema tan espinoso. ¿Se puede -queda claro que sí- o se debe trivializar un asunto como este? Supongo que es opinable, pero en este caso no me molesta tanto el hecho en sí como que la película sea cansina a pesar de su intento de vitalidad, lastrada por el empeño de Tarantino en demostrar que es más atrevido e ingenioso que nadie detrás de una cámara. Desde Jackie Bronw no ha rodado una película mínimamente “adulta”…Sorry por el desliz off topic, vuelvo al asunto).
    A mi me parece que hasta el tratamiento de ópera bufa del personaje de Hitler lo termina “humanizando”. Presentado como un patán, quedan neutralizadas sus ideas, que no por malévolamente desquiciadas son torpes o “estúpidas” (he de ponerle comillas, su plan era diabólico y un imbécil no da para tanto) dada la desastrosa eficiencia con que se convirtieron en hechos. (Esto puede llevar a la vieja discusión que se presenta cuando alguna gente dice preferir el cabrón al idiota, tal vez opinen así porque con el primero se puede razonar… y hasta tal vez sacarse provecho conjunto de los imbéciles. En definitiva, la opción de escoger al listo hijo de puta suele parecerme cruel e interesada. Para mí los imbéciles son la sal de la tierra, tienen muchos más más matices que los listos aprovechados, cortados por un patrón único).

    Saludos

  4. Espléndido, como de costumbre. Feliz de tenerte de nuevo entre nosotros. Un saludo.

  5. Un placer volver a leerte. Yo he estado retirado casi el mismo espacio de tiempo. Me alegra en cierto sentido el no haberme perdido demasiados posts. Un saludo muy afectuoso.

  6. Hola Rosa!

    Que placer leerte! Por casualidad, hace un tiempo lei el mismo libro de Klemperer y escribí este post , claro está, desde una perspectiva muy distinta a la tuya, que por cierto, me parece fascinante.

    Muchos besos y hasta ahora!

  7. ¡Hola a todos!

    Muchas gracias a los que me dais la bienvenida tras un mes largo de abstinencia. Estoy en la recta final de un libro cuyo manuscrito debo entregar enseguida, por lo que he dejado el blog un poco abandonado. Procuraré reengancharme con la frecuencia habitual.
    Juan Ignacio: preciosa entrada la de tu blog. Gracias por compartirla.
    Coco: muy interesante tu observación. El tema de la deriva que está adquiriendo la recepción del nazismo en la cultura popular tiene implicaciones muy complejas a las que hace tiempo que voy dando vueltas. Pienso que se está renunciando cada vez más a la gama de grises en la pintura moral del nazismo, tendente a las pinceladas blancas y negras. Sin las matizaciones no resulta posible efectuar una reflexión eficaz sobre ese periodo. Así lo han reclamado insistentemente no sólo los historiadores, sino también víctimas como Primo Levi o Roman Frister.
    No obstante, lo que procuran muchos de los exitosos libros y películas actuales sobre el nazismo y el Holocausto no es hacernos pensar, sino emocionarnos, y para eso es necesario recurrir al posicionamiento moral fácil y a los “buenos” y los “malos” de los melodramas de toda la vida. Como bien dices, la película de Tarantino invierte los polos, pero actúa con el mismo mecanismo. El cine que se limita a la emoción sin reflexión se queda en la categoría de puro entretenimiento. La pregunta clave es si a estas alturas de la historia no habrá llegado ya el momento de tolerar que se emplee el nazismo como mero escenario histórico desde el que divertirnos durante unas horas, un poco como sucedió en su día con las películas americanas del Oeste. A mí me resulta una idea inquietante, pero llegados a este punto hay opiniones para todos los gustos.
    Un saludo muy cordial a todos/as y gracias de nuevo por leerme.

  8. un artículo interesante y muchas felicidades por este blog la nota 10

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