Excursos y paradojas

En el catálogo de la exposición parisina Vanités topé recientemente con este impactante fotomontaje:Se titula Hitlerfresse. Traducido al castellano vendría a ser ‘El careto de Hitler’, pero prefiero la versión del periodista Jesse Hamlin, que lo ha denominado “la mascarilla mortuoria del siglo XX”. Me sorprendió sobre todo la temprana fecha de su realización: 1933. Luego supe que su autor, el judío alemán Erwin Blumenfeld, creó esta imagen la mismísima noche en la que Hitler fue elegido canciller de Alemania.

¿Tan obvia era ya por entonces la íntima asociación que el dictador iba a establecer con la Muerte? No todos fueron tan clarividentes como Blumenfeld: en 1934 la escritora judío-americana Gertrude Stein le declaró en París a un periodista que Hitler merecía obtener el Premio Nobel de la Paz

En un principio resulta difícil imaginar que el autor de Hitlerfresse pueda ser el mismo gran fotógrafo al que también debemos esta preciosa imagen, titulada New York 1942:

Erwin Blumenfeld fue uno de los más aclamados fotógrafos de moda de los años cuarenta y cincuenta. En su obra pública exhibe la belleza idealizada del cuerpo femenino. Su obra privada, en cambio, es mucho más paradójica y experimental; tempranamente vinculada al dadaísmo, es en ella donde tiene cabida la imagen masculina y premeditadamente fea del dictador alemán. Es como si la creatividad de Blumenfeld se abriera a una vieja oposición de contrarios: Eros y Thánatos, o la Vida y la Muerte, los dos extremos pugnando por establecer sus parámetros estéticos en el corazón de un mismo artista.

Da la impresión de que la enorme complejidad del mundo en las primeras décadas del siglo XX despertó en muchos europeos un verdadero anhelo de explicaciones simples, y el dualismo es una de las más seductoras y falsamente convincentes. Al igual que la ya mencionada Gertrude Stein, Blumenfeld vivió un tiempo obsesionado por el dualismo filosófico del pensador austriaco Otto Weininger.

Hoy en día ya nadie se acuerda de este personaje tan notoriamente incómodo. No obstante, difícilmente puede exagerarse la enorme influencia que tuvo entre los artistas y escritores de principios del siglo XX. Personajes de la talla de Ludwig Wittgenstein, Karl Kraus, Alfred Kubin, Alban Berg, Arnold Schönberg y August Strindberg cuentan entre sus admiradores.

Autor de una sola obra, Sexo y carácter (1903), Weininger define los dos principios opuestos que en su opinión rigen el mundo y dominan al hombre: el polo positivo formado por lo masculino, lo ario y lo creativo, y el polo negativo constituido por lo femenino, lo judío y lo degenerado. Weininger desarrolló en 600 páginas esta única idea que, como una varita mágica, permitía explicarlo prácticamente todo: la relación entre los sexos, la decadencia del mundo, la complejidad del ser humano y el sentido de la vida.

Weininger, a quien Stefan Zweig recuerda como un muchacho desaliñado, más bien enclenque e incapaz de sostener su mirada, no sólo era misógino, sino también un virulento antisemita. La gran paradoja es que el propio Weininger era judío, circunstancia que lo sumió en tal ansiedad que a los veintitrés años decidió poner fin a su vida. Puede que fuera un alfeñique, pero no se le puede negar que se tomaba a sí mismo y a su propia filosofía muy en serio. Escenificó cuidadosamente su propio suicidio, que ejecutó con una bala en el corazón en la misma casa en la que murió Beethoven.

Weininger en su lecho de muerte

Weininger en su lecho de muerte

Sigmund Freud no debió de equivocarse cuando calificó a Weininger de neurótico dominado por complejos infantiles. Más adelante, el joven suicida pasaría a convertirse en el representante por excelencia del extraño fenómeno del autoodio judío descrito por Theodor Lessing en 1930. Como suele suceder, el suicidio de Weininger contribuyó a que Sexo y carácter fuera el gran éxito que quizá jamás hubiera llegado a ser si su autor hubiera muerto de viejo. Cuenta Elias Canetti en su autobiografía que incluso veinte años después de su muerte toda Viena seguía hablando de este libro.

¿Qué mejor testimonio a favor de la ideología nazi que la obra de un judío que se odiaba a sí mismo y que llevó este odio hasta sus últimas consecuencias? Sin embargo, tampoco la Alemania nazi le andaba a la zaga a Weininger en lo que a consecuencia se refiere, así que decidió prohibir la publicación de Sexo y carácter por tratarse de la obra de un autor judío. Otra paradoja. Y eso a pesar de que Hitler consideraba a Weininger “el único judío decente que había conocido”.

En 1953, mientras realizaba algunas de sus más bellas fotografías para Vogue, Erwin Blumenfeld todavía le dedicaría a Hitler otro elocuente fotomontaje, titulado Hitler with bleeding Eyes:

El primero de todos, su Hitlerfresse, acabaría abandonando el ámbito privado del estudio de Blumenfeld para inundar con su demoledora imagen los hogares de Alemania: En 1943 el ejército americano escogió precisamente el fotomontaje de Hitler y la calavera para un folleto propagandístico del que lanzaría millones sobre las ciudades alemanas.

2 thoughts on “Excursos y paradojas

  1. Supongo que la habrás visto, retrata a un personaje con una fractura en el carácter análoga a la de Weininger. Una muy buena película:
    http://www.youtube.com/watch?v=CpGE_26k1q8&feature=related

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