Las premoniciones de Winckelmann

H. J. Winckelmann

H. J. Winckelmann

¿Se acuerdan de Johann Joachim Winckelmann (1717-1768), el historiador del arte alemán que con su célebre precepto de la “noble simplicidad y serena grandeza” daría origen a la pasión germánica por el ideal griego?

Aunque su influencia para las artes y las letras alemanas difícilmente puede exagerarse, Winckelmann pasó los trece años más productivos de su vida en Roma, lejos de su patria. Pero como su celebridad crecía por momentos y los alemanes reclamaban su visita, tras interminables vacilaciones decidió un día ponerse en camino. En abril de 1768, plagado por oscuros presentimientos, dejó Roma en compañía del escultor Cavaceppi y, pasando por Loretto, Bolonia, Venecia y Verona, llegó sano y salvo a la frontera natural de los Alpes tiroleses. Pero una vez allí, ante la contemplación del imponente paisaje montañoso, sintió la súbita acometida de un horror indescriptible e inexplicable. “¡Mira, amigo, mira! –le dijo a Cavaceppi– ¡Qué paisaje tan terrible y aterrador!”

Desde luego, nada encajaba peor con el ideal de belleza armónica del neoclásico Winckelmann que la naturaleza brutal del paisaje alpino que nosotros hemos aprendido a amar a través de los románticos.

Alpes

Los Alpes

La visión de la “fealdad” de los Alpes no hizo sino confirmarle a Winckelmann sus reticencias y malos presagios, así que le dijo a su acompañante:

¡Torniamo subito! ¡Torniamo a Roma!

Pero al bueno de Cavaceppi se le había acabado la paciencia, así que se fue a Alemania por su cuenta y permitió que Winckelmann emprendiera el viaje de regreso en solitario y sin protección alguna. Así es como Winckelmann llegó a Trieste, donde esperaba poder seguir camino a través de Venecia hasta su adorada Roma.

Nada más llegar a la ciudad Winckelmann trabó amistad con un cocinero irónicamente llamado Arcangeli. Supuestamente con el fin de hacerse con unas medallas de oro, Arcangeli entró unos días después en la habitación de la Locanda Grande en la que se alojaba nuestro hombre, le pasó una soga por el cuello y, ante la feroz resistencia de su víctima, trató de rematarlo asestándole varias puñaladas. Winckelmann pereció desangrado, pero Arcangeli fue detenido y condenado unos días después a morir dislocado en la rueda, justo delante de la posada en la que cometió su crimen.

suplicio de la rueda

Suplicio de la rueda

En las actas de su interrogatorio, el asesino alegó en su defensa que creyó que su víctima (que debido a sus dichosas premoniciones viajaba de riguroso incógnito y no le desveló a su nuevo amigo su célebre identidad) era un espía, probablemente “un judío o un luterano”, y que lo había encontrado sospechoso porque había visto sobre su escritorio un libro escrito en unos caracteres ininteligibles que le parecieron un lenguaje cifrado:

Digo la verdad cuando afirmo que yo no sabía quién era aquel hombre; que yo no busqué su amistad, sino que él buscó la mía, al igual que también me contó esas cosas sobre las que ya he prestado testimonio, como que había visitado a la emperatriz, con ese traje miserable que llevaba y esos pantalones de cuero. A decir verdad, yo creí entonces que se trataba de algún judío o luterano, y esa sospecha creció en mí después de haber visto sobre su mesa aquel libro que yo no podía leer. […] Todo eso confirmó cada vez más mi convicción de que debía ser algún luterano, judío o espía, o sea, una persona de poca monta.

El ominoso libro era una edición de la Odisea de Homero; y la extraña lengua que Arcangeli no supo leer ni reconocer siquiera, era, como no podía ser de otro modo, griego.

Como los padres de Edipo con el oráculo, Winckelmann no supo comprender lo que realmente le estaban diciendo las oscuras premoniciones que lo perseguían desde hacía meses. Era en Trieste, y no en Alemania, donde la muerte lo estaba esperando. Como Edipo, al tratar de escapar de su destino no hizo sino darle cumplimiento.

cenotafio de Winckelmann en Trieste

Cenotafio de Winckelmann en Trieste

¿Se acuerdan ahora del profesor Aschenbach de Muerte en Venecia? Thomas Mann lo creó inspirándose en parte en la insólita historia de Winckelmann.

9 thoughts on “Las premoniciones de Winckelmann

  1. Muy interesante, Rosa, como siempre.

    Quería preguntarte si fuiste tú la traductora de este libro que reseñaron aquí: http://clubdecatadores.wordpress.com

    Saludos,

    Fernanda

  2. Hola, Fernanda, ¡muchas gracias!
    Sí, yo traduje hace muchísimos años, por encargo de la editorial, las “Conversaciones con Kafka” de Gustav Janouch. Más tarde averigüé que hay serias dudas sobre la originalidad de este libro. Al parecer, Janouch era un hombre necesitado de dinero que se inventó el 80 % de las conversaciones. Así me lo confirmó también personalmente el gran biógrafo de Kafka, Reiner Stach. Lástima, pues me había enamorado un poco del libro…

  3. Por un error, el comentario anterior ha sido publicado como “anónimo”, pero lógicamente es mío.

  4. Muchas gracias por tu respuesta, Rosa. Increíble lo que cuentas, realmente, nos dejó a todos sorprendidos. ¡Justo que las citas eran tan lindas! Bueno, si el autor inventó el 80% de la conversación, se podría decir que era un buen autor de ficción 😉
    Te felicito por la traducción. Soy traductora de inglés y hacía tiempo que no veía una traducción bien redactada. Un lujo.

    Saludos,
    Fernanda

  5. ¡Muchas gracias, Fernanda!
    Coincido contigo. Pienso que es una lectura provechosa, a pesar de todo.
    Un saludo muy cordial desde Barcelona,
    Rosa

  6. Carmen Alonso

    Siempre me sorprendió mucho la excelente traducción al español de “Poesía y verdad” de Goethe y, sobre todo, sus muy eruditas y oportunas notas. Ahora, al leer “Las premoniciones de Winckelman”, te relaciono con la traductora Rosa Salas de la edición de Acantilado. ¡Enhorabuena!

    • Rosa Sala Rose

      Hola, Carmen, ¡muchísimas gracias! 🙂

  7. Carmen Alonso

    ¡Perdón! Es Alba Editorial, 1999.

    • Rosa Sala Rose

      Hola, Carmen, tienes razón, la edición de “Poesía y Verdad” de Goethe es de la editorial Alba. Pero como también he realizado traducciones para Acantilado, como las “Conversaciones con Goethe” de J.P. Eckermann, ni siquiera había reparado en ello. ¡Gracias por la rectificación!

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