La reductio ad Hitlerum

Ha salido a cenar con amigos, se ha hecho tarde, ha tomado una copa de más y, sin saber cómo, se ha puesto a discutir. Los argumentos se suceden, pero la parte contraria no los acepta. El ambiente se enrarece. Le gustaría poner fin a una charla inútil, pero tampoco está dispuesto a ceder sin más, dándole tácitamente la razón al otro. A estas alturas empieza a morirse de sueño y tiene la desagradable sensación de estar quedándose sin argumentos.

No se preocupe, tengo la solución. Existe un arma retórica que no falla nunca y que en el futuro le ayudará a finiquitar cualquier discusión desagradable sin necesidad de reflexionar o de encontrar argumentos nuevos: ¡relacione de algún modo a su rival con Hitler! Es un método especialmente eficaz cuando las discusiones se enquistan y ninguna de las partes está dispuesta a dar su brazo a torcer. En alemán se llama Nazikeule o ‘porra nazi’. Su superficie es tan amplia que no requiere  puntería. Es un arma de trogloditas: simple, barata y argumentativamente letal.

En 1990 el abogado norteamericano Mike Godwin formuló en este sentido una ley que desde entonces lleva su nombre. Aunque Godwin la aplicaba únicamente a los foros de internet, creo que su vigencia se puede extender a cualquier otro medio:

A medida que una discusión online se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno.

 

Una vez llegado a ese punto, la discusión caduca y se vuelve estéril. La mención de Hitler o la comparación con el nazismo la lleva a un punto tal de maniqueísmo que impide todo razonamiento crítico.

El filósofo alemán Leo Strauss ya había descrito  este fenómeno en 1951, denominándolo  más refinadamente reductio ad Hitlerum. Trató de desmontar  este recurso alegando que “un punto de vista no queda refutado por el mero hecho de que casualmente haya sido compartido por Hitler”. Al fin y al cabo, el dictador también defendió el vegetarianismo, el keynesianismo avant la lettre que tanto se está echando de menos y, naturalmente, las dichosas autopistas.

Hace un tiempo escribí que los nazis fueron los primeros en alertar del peligro del tabaquismo para la salud, lanzando agresivas campañas antitabaco. El objetivo era depurar a la supuesta raza aria de enfermedades cancerígenas que por entonces se creían hereditarias. Pocos años después de que me refiriera a ello se impuso en España la ley que prohibía fumar en los lugares públicos y empezaron a aparecer diversas publicaciones de  fumadores empedernidos que se remitían a mi libro para argumentar que las campañas antitabaco eran ilegítimas porque también las habían practicado los nazis. Era un caso claro del empleo de la reductio ad Hitlerum para matar cualquier estrategia argumentativa más compleja y ponderada.

La reductio ad Hitlerum sólo es posible porque los  horrores  de Hitler (y de Stalin) alcanzaron tales magnitudes que generaron un mecanismo primitivo de asociación: Hitler es el Mal y cualquier cosa surgida del Mal es necesariamente mala. El falso mecanismo retórico era una consecuencia directa de la demonización del dictador, fomentada por algunos estudiosos que han querido ver a Hitler como “una erupción de demonismo en la historia” (Emil Fackenheim) o como “un genio del mal” (Milton Himmelfarb).

El peligro de este punto de vista es que, al alejar a Hitler convirtiéndolo en una categoría abstracta, nos sentimos a salvo de su influjo y olvidamos al pequeño Hitler que puede haber dormitando en el interior de cada uno de nosotros. El Mal no era Hitler, sino sus acciones, y conviene recordar que ninguno de nosotros está a salvo de cometer acciones malas.

Por otro lado, no hay ningún malvado que lo sea a tiempo completo. También los asesinos en serie duermen la siesta, comen tartas de chocolate o acarician distraídamente a un perro, sin que sus atrocidades tengan el menor efecto de contagio sobre las camas, las tartas de chocolate o los perros.

La célebre película de Oliver Hirschbiegel El hundimiento causó escándalo precisamente por mostrar –en mi opinión, de un modo falaz—a un Hitler humanizado.

Liquidar la discusión sobre un asunto trivial apelando a Hitler implica trivializar a Hitler. Como hemos quedado en que Hitler es el Mal y el Mal, como generador de víctimas, no será nunca trivializable, la reductio ad Hitlerum provoca en nosotros una sensación de escándalo. De ahí que sea un recurso cada vez más empleado, pues en estos tiempos de sobreinformación en que vivimos provocar un  escándalo es el modo más barato y eficaz de obtener publicidad y de ganar la batalla por la atención.

Recientemente, durante un discurso dirigido a la Asociación Nacional del Rifle,  el político conservador norteamericano Glenn Beck mostró esta imagen del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, con el brazo en alto. Le recriminaba que intentara limitar el consumo de refrescos, reducir el tamaño de los expositores de tabaco e incrementar el control de armas.

Beck ya tenía un largo historial empleando la “porra nazi”, de modo que preveía perfectamente la reacción que su imagen iba a suscitar y que suele ser siempre la misma: el escándalo y el consiguiente ruido mediático. Hitler, más allá de toda reflexión crítica, se ha convertido en un tabú y la transgresión de ese tabú es una publicidad barata y de mal gusto.

¿Qué tiene todo esto que ver todavía con el auténtico nazismo? Bien poco, creo yo. Salvo que evitar el razonamiento crítico en aras del efectismo irracional ha sido una tendencia característica de los regímenes totalitarios.

Claro que, en puridad,  también esta afirmación podría considerarse una reductio ad Hitlerum

12 thoughts on “La reductio ad Hitlerum

  1. Buena y oportuna reflexión, Rosa.

    Y además, estamos banalizando, como siempre, el mal que conllevó y generó el nazismo al poner bajo el mismo consepto acciones que no van aparejadas ni por el sentido ni por el alcance.

  2. Coincido con Enric.

    El uso de Hitler como ventaja argumentativa es uno de los recursos más bastos que existe, además de no probar nada.

    El nazismo también fue de los primeros en defender el ecologismo, por cierto, aunque mejor no recordárselo a los tahúres de la argumentación, no vaya a ser que deduzcan de ello que el ecologismo es el Mal.

  3. En España creo que se recurre a la misma treta argumentativa, salvo que en lugar de Hitler, se dice “fascista” y “franquista”. La otra cara de la moneda es la superioridad moral de los herederos de la derrota en la guerra civil. El papel de víctima es siempre tentador.

    Muy buen artículo, Rosa. ¡Enhorabuena!

    • Anonymous

      Si bien es cierto que el recurso de cerrar toda argumentación tildando a alguien de “fascista” ante la percepción de un uso arbitrario de autoridad es acertadamente maniquea, lo cierto es que en España hay un porcentaje de filofranquistas superior a lo residual, y diría que tendiente a la mayoría social. Triste, pero es así. Por lo tanto no lo equipararía al recurso que el articulista expone.
      La “supuesta superioridad moral de las víctimas” es un ejemplo de abuso, pero lo curioso es que quien precisamente se considera víctima y tilda de nazis a los discrepantes es normalmente quien ostenta una posición de dominio hegemónico.

  4. Artículo muy acertado y, sobre todo, muy oportuno. En cualquier caso, no convendría menospreciar la ignorancia reinante, acerca de la ideología nazi, como causa última de la utilización de este recurso retórico. Aunque, tal vez, este tipo de banalizaciones no representen más que la punta de un iceberg que oculta peligros más inquietantes.

  5. Anonymous

    Estamos en un país de blanco o negro, no hay términos medios. Hace unas semanas salió el tema de la tauromaquia durante una cena con unos compañeros de trabajo de mi mujer. Mi posición es que aunque no me gusta los respeto, es un espectáculo cruel pero lo considero un mal menor ya que permite la conservación de una especie que de lo contrario estaría extinta y también de un ecosistema muy rico, el de la dehesa, que de lo contrario se habría perdido. La reacción de uno de los comensales fue que si sabía que iba a cenar con un “asesino” no se habría sentado a la mesa, otro que como se notaba que era de Salamanca y que parecía mentira que fuese ingeniero ambiental…
    Podría haber “atacado” de manera fácil con el argumento de los filetes de ternera que nos estábamos comiendo, pero sinceramente pasé.

  6. Anónimo 2, permíteme que rebata tu argumento ecológico. La dehesa y la especie se pueden mantener igualmente a base de filetes y estofados de rabo de toro (como hacemos con otras especies) sin necesidad de pasar por la carnicería pública que representa el espectáculo en el ruedo.

    Ya que nos acoge el blog de Rosa Sala, voy a poner en paralelo dos atractivos estéticos. Que quede claro que no se trata de una comparación.

    Reconozco que estéticamente me gusta el espectáculo de la lidia: la puesta en escena, el ritual, el color, la sangre, la muerte, la catarsis, la literatura y el léxico taurino… Me atrae la estética y lo que tiene de fenómeno antropológico (no folklórico). Pero la razón me dice que ya es hora de no seguir participando del espectáculo y recluir la tauromaquia a las huellas que ha dejado en el arte o en los ensayos.

    Por otro lado, me fascina la estética de las películas de Leni Riefenstahl. “El triunfo de la voluntad”, por ejemplo, es tan bella como peligrosamente eficaz: capta con la misma eficacia que arrastra al abismo.

    La razón me dice que, de la misma manera que la emoción que me producen los apuntes del natural de Joaquín Tarruella (tengo sus gravados en casa) no puede escapar de los trazos de su pluma, la abismal y atávica emoción que producen las imágenes de Riefenstahl no debe escapar de las células nerviosas de mi cerebro.

  7. Excelente y oportuno tu comentario, querida Rosa, en estos momentos en que tan dificultosa (a veces hasta peligrosa) se ha vuelto la facultad de discutir sin insultar.
    Un saludo muy afectuoso desde Canarias.

    • admin

      Encantada de verte de nuevo por aquí, Carlos. Muchas gracias por tu comentario. Un afectuoso saludo desde Barcelona.

  8. […] Streicher era un camisa vieja. Profesor de primaria, ingresó en el partido nazi en 1922 y participó, junto a Hitler, en el Putsch de Múnich, en noviembre de 1923. A principios de ese mismo año había fundado en Núremberg Der Stürmer, llamada a sí misma “Semanario en la lucha por la verdad”. Tras el golpe fallido de Munich fue prohibido, hasta que reapareció en 1925. En sus primeros años el periódico tenía una tirada de 6.000 ejemplares. A partir de 1933, con la llegada de Hitler al poder, alcanzó los 600.000. Nunca fue un medio oficial del partido, por mucho que lo pareciera, permaneciendo bajo la propiedad de Streicher. Seguro que se pueden hacer comparaciones con la actualidad, que evitaré mencionar para no caer en la indeseable reductio ad Hitlerum. […]

  9. Sergio

    Cuantas veces hemos sido comparados con los nazis? Es irónico que los acusadores sean los mismos que hace una generación nos tildaban de judíos (como si ser judío fuera un insulto, por cierto)

  10. […] Dicho esto, también quiere aclarar que este post no es un intento de perpetrar la odiosa reductio ad Hitlerum. Las semejanzas acaban en una manera de entender la política y usar las convicciones y […]

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